LIV
6 de marzo de 1804.
Hoy hace catorce años que tuve la suerte de casarme con un hombre cuyo corazón es el de un ángel. Siempre me figuré que era generoso y caballero, pero ignoraba que estas condiciones llegaran a la perfección. Solamente vive para mí y para sus hijos, aunque algo inquieto por las dificultades que le ofrece nuestra escasa fortuna para sostener una familia tan numerosa. Yo rogaré a la Providencia que nos asista, y procuraré por mi parte aliviar su pena. Confío en Dios, y esta es sin duda mi única virtud; pues reconozco, por lo demás, las imperfecciones que tengo.
Para solemnizar el aniversario de mi matrimonio, he mandado a mi hermano doscientos pesos; para ello he hecho un sacrificio, pero estoy muy satisfecha de haberlo verificado.
LV
16 de marzo.
Hoy he visto en el cementerio de Bussieres un cuerpo de mujer muy bien conservado, a pesar de haber transcurrido muchos años desde su enterramiento. Debió ser una hermosísima mujer a juzgar por las apariencias. Tiene en el dedo un anillo nupcial y un rosario engarzado en las manos. Parece que está dormida, y espera de este modo el eterno despertar. Tengo para mí que debe ser una santa, cuyo cuerpo ha querido Dios conservar intacto para diferenciarle de los demás.
LVI
20 de marzo.
¡Triste de mí! ¡Qué día tan desgraciado el de hoy para esta pobre mujer! Al llegar hoy a casa he encontrado sobre la chimenea una carta de mi hermana dirigida a mi esposo: la he abierto (pues para ello estoy autorizada), y ¡oh, Dios mío!... he leído en ella que mi hermano ha muerto de una manera trágica. ¿Qué será de mi madre ante esta horrible desgracia? ¡Dios mío! ¡Dios mío! Auxiliad a mi desgraciada madre y tened piedad de mi pobre hermano: perdonadle sus faltas, sed con él misericordioso.