Después de recibir tan infausta noticia, sólo he salido de casa para ir a la iglesia. Yo espero que mi hermano estará en el cielo, porque mi hermana me dice que ha muerto en el seno de la religión cristiana.
Estoy muy desconsolada, y mi alma sólo encuentra alivio en aquello que la aproxima a la Divinidad.
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Estos días hemos celebrado los funerales por el eterno descanso del alma de mi hermano. Me han acompañado a la iglesia cuatro de mis hijas. He llorado al ver las muchachas del pueblo vestidas de blanco, según costumbre en estos casos, entonando cánticos fúnebres, y muchos jóvenes orando con gran recogimiento. Yo espero que Dios habrá oído las plegarias de estas buenas gentes, y se apiadará de nosotros y de mi hermano.
He tenido noticias de que mi madre sufre mucho: en París se ha creído que mi hermano estaba complicado en una conspiración contra Bonaparte. Yo no lo creo, porque ni medios ni voluntad tenía para estas cosas. Sin duda su regreso de Inglaterra ha despertado sospechas e inducido a este error, porque después de muerto han ido a registrar su domicilio, y sólo han encontrado papeles que indicaban sus aficiones literarias.
LVII
21 de marzo.
Esta mañana he leído una novela de Mme. de Genlis, que se refiere a la señorita de La Valliere. La novela tiene algo de histórico y está bien escrita, pero me parece su lectura algo peligrosa para la juventud. Por mi parte, me ha sugerido únicamente reflexiones sobre lo pasajero de las cosas humanas y la insuficiencia del poderío de la tierra para hacer feliz a un alma grande. Lo terreno no puede satisfacerle, y sólo en Dios encuentra reposo a sus agitaciones.
¡Oh, Dios mío! Cada día siento mayor necesidad de consagrarme a Vos únicamente y de sacrificároslo todo. Mi alma, emanación de la vuestra es, y no puede encontrar la paz sin estar unida a lo que es su principio y fin.
¡Perdón, Señor!... Esta mañana he cometido un pecado. A una pobre muchacha que me ha pedido favor, le he contestado con desprecio y he sentido un poco de orgullo al hablar con ella. Me arrepiento de ello, y me impongo la obligación de servir y complacer en cuanto pueda a esta pobre muchacha. Este arrepentimiento y esta obligación que me impongo, debiera hacerla cien veces cada día.