LVIII

24 de marzo.

Empiezan a encanecer mis cabellos. El tiempo se va y yo ignoro lo que he hecho de mi juventud. La eternidad me advierte que debo emplear los días que me restan de estar en la tierra en hacer bien al prójimo.

LIX

Milly, 17 junio de 1804.

Estoy tranquila; he recibido carta de mi hermana, en la que me da mejores noticias de mi madre. Creo que está ya en completa convalecencia; habla asimismo de ir a vivir a Mont-Mirail. Ayer mi marido recibió otra carta de mi hermana que me ha llenado de inquietud. Dice que en dos días la enfermedad de nuestra madre se ha agravado seriamente. Temo un fatal desenlace.

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Esta triste confirmación ha venido en el preciso momento en que la señorita de Monceau y mis hijos iban a regalarme un ramillete. Tan infausta nueva ha envenenado el placer que semejante agasajo nos preparaba. Debía ir yo, por lo tanto, a comer a Monceau, pero no he querido ir, mandando sólo a mis hijos con su padre.

LX

¡Dios tenga compasión de mi madre! su gran caridad, sus bondades y otras mil virtudes que ha practicado durante su vida, pueden haberla tranquilizado en estos momentos. Pero ¡ay! ¡era tan triste su situación! Muchas inquietudes y penas son otros tantos motivos de consuelo. Ha sucumbido a sus penas mejor que a sus años. La triste idea de que no he de volverla a ver en este mundo, me asusta cuando fijo mis ojos en la tierra.