Mi abuela vivió hasta los noventa y dos años, yo esperaba igual longevidad para mi madre. Parece que en su testamento, que no ha podido firmar, ha favorecido a mi hermana. Mi conciencia no estaría tranquila si se dejase de acatar semejante voluntad, manifestada por ella, aunque no escrita. No ha de haber dificultad alguna para que se cumpla, puesto que mi marido piensa como yo sobre este particular.

Escribo esta mañana a la señorita de Orleans esta triste noticia, rogándola se sirva comunicársela cautelosamente a la señora duquesa, su madre.

Mi marido acaba de suscribir la renuncia que yo deseaba en favor de mi hermana. Esta va a comprar la finca de Rieux, donde pasamos tan alegres días durante nuestra niñez.

LXI

14 de septiembre de 1804.

Me hallo en Belley, adonde he ido a buscar a mi Alfonso para las vacaciones. Le he visto en el patio en cuanto he llegado; estaba tan emocionado como yo misma: ha venido corriendo, y tan pálido, que llegué a creer que iba a desvanecerse. ¡Ah! ¡Cómo nos hemos abrazado los dos! ¡Pobre hijo mío!

Mañana ha de pronunciar un discurso, con motivo de los ejercicios con que los jesuitas tienen costumbre de manifestar en público los adelantos de sus mejores discípulos. Esto me preocupa tanto como si fuese yo quien debiese hablar.

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Hay aquí una larga interrupción.

LXII