5 de febrero de 1805.

Hoy he asistido a una toma de hábito de religiosas hospitalarias, en el hospital de Mâcón. En el discurso que en semejantes casos se acostumbra a hacer, se ha dicho que las que acogía la religión, abrazaban para toda la vida un estado de mortificación y penitencia, y ceñían una corona de espinas a su cabeza. Yo he admirado mucho tanta devoción; pero he reflexionado sobre la de las madres de familia, que cumplen sus deberes, y creo que también se aproximan a Dios sin tomar el hábito religioso. Y debe calcularse que, cuando se casa una mujer, hace voto de pobreza, puesto que pone toda su fortuna en manos de su marido, de la cual no puede disponer sin su permiso. Hace también voto de obediencia a su propio marido y de castidad, puesto que tampoco le es permitido dar oídos a la menor palabra amorosa de otros hombres.

Se consagra igualmente a la caridad, que ejerce a la par con su marido, sus hijos y sus criados, a quienes tiene obligación de cuidar en sus enfermedades, e instruirles, dándoles buenos consejos. No tengo, pues, nada que envidiar a las hermanas hospitalarias: yo también cuidaré de cumplir fielmente mis deberes, tan difíciles como los suyos y quién sabe si algo más. Estas reflexiones han endulzado mucho mi espíritu, y he vuelto a renovar ante Dios los juramentos que hice al contraer matrimonio, rogándole me conceda la gracia y fuerzas indispensables para cumplirlos exactamente.

LXIII

Domingo de Ramos de 1805.

Reina por estos contornos un extraordinario bullicio con motivo de la próxima llegada del Emperador. Mi hermana se encuentra todavía a mi lado; ambas estamos muy inquietas porque se nos ha dicho que debemos dar alojamiento a Monseñor de Pradt, obispo de Poitiers, limosnero del Emperador, y más tarde arzobispo de Malines, tan célebre por su adulación y por su ingratitud con Napoleón, después de su caída. Me desagrada tener que hospedar a semejante personaje.

LXIV

Lyón, 26 de abril de 1805.

Mi venida a Lyón ha tenido por objeto ver al Papa.

Estoy aquí en compañía de mi hermana. He visto al santo padre cuando paseaba por el jardín del palacio del obispo. Ayer estuve a oír la misa del Papa en la iglesia de San Juan; vi perfectamente todas las ceremonias, pero me costó mucho trabajo poder llegar hasta su trono para besarle la chinela; sin embargo, tuve por fin esta satisfacción. Este anciano tiene verdaderamente el aspecto de un santo, como también algunos de los prelados que le acompañan.