LXV
12 de mayo de 1805.
Aumenta nuestra fortuna: mi marido acaba de comprar la casa de M. de Ozenay; tiene un jardincito, y es muy espaciosa; la amueblaremos para habitarla este verano, Dios mediante.
Mi marido me entrega ciento veinte pesos mensuales y los frutos naturales que proceden de nuestras dos fincas, para sostener la casa y pagar el colegio de Alfonso, lo cual es más que suficiente. Cada día admiro más las prodigalidades de la divina Providencia para con nosotros.
Mi cuartito está muy bien arreglado, y cuantos nos visitan dicen que es muy bello. Comprendo que estoy demasiado bien en este mundo y que tengo mayores bienes de los que me pertenecen. He leído un tratado místico sobre la dulce virtud de la confianza, que me ha hecho un gran bien. Es el tesoro por excelencia, el dulce abandono a la voluntad celestial.
LXVI
20 de agosto de 1805.
El hermoso cuarto en el cual estoy instalada desde ayer, será probablemente el último cambio de habitación que yo haga; en él moriré, sin duda. (En él murió efectivamente.)
Alfonso llegó ayer. Me preocupo mucho por él y por sus hermanas, pues no veo medio de educarlos fácilmente. Sin embargo, cuando me veo rodeada de estas seis hermosas criaturas, me siento orgullosa y satisfecha. Ruego a Dios me dé las luces necesarias, al objeto de cumplir debidamente mis obligaciones con respecto a mis hijos.