9 de noviembre de 1805.
Hemos venido a pasar unos días en el castillo de Monceau, propiedad de mi cuñado. M. de Lamartine, el ángel de la familia, y Mme. de Villars, nuestra Providencia, están con nosotros. Aquí se reúnen los vecinos más distinguidos, y entre ellos se encuentran M. Blondel, el abate Bourdon y el comendador Folin; cada uno de estos ancianos cuenta a porfía instructivas anécdotas. Llevamos una vida deliciosa; el tiempo es precioso y paseamos mucho; durante las veladas, se cuentan historias. Pero no estoy bien de salud: me ha salido como un fuego en la cara, y voy persuadiéndome de que mi tez se agosta; no he de ocultar que siento mucho esta fealdad. No obstante, si hay en ello humillación, puede ser que encierre una gracia que me aparte del mundo alejando de mí sus miradas. Me someto gustosa, pero no sin molestia, pues hubiera querido verme dispensada de la ley común, conservando en mi vejez los atractivos de la juventud. Con frecuencia me olvido de que ya cuento treinta y ocho años, y todo cuanto me lo recuerda me es desagradable. Dios mío, haced que acuda siempre a mí el recuerdo de la nada y tened compasión de esta débil mujer.
LXVIII
Milly, 6 de julio de 1806.
Otra vez estoy en mi retiro, donde me hallo más en paz con mi especial manera de ser. Es cierto que amo al mundo, pero también amo el recogimiento que me proporcionan mi jardín y mi cuartito.
Hemos hecho mis hijas y yo, montadas en asnos, una excursión a las ruinas y lugares vecinos; hemos bebido leche, hemos charlado largamente con los aldeanos que me conocen, y que parece que me quieren por haberles dado consejos y remedios para sus hijos: esto me satisface. Siempre gusta uno de ser amado, y no deja de ser conveniente y agradable el cariño de las pobres mujeres del campo; nunca se pierde el tiempo empleado en hacer el bien y en adquirir simpatías.
LXIX
7 de septiembre.
Mi marido ha vuelto de la posesión que su hermano tiene en Dijón. Nos hallamos nuevamente en Saint-Point, lugar que, a decir verdad, prefiero a todos, a pesar de los destrozos del castillo; quiero encerrarme en un retiro moral aún más profundo. Conviene alguna vez aislar nuestro corazón en la soledad y en el silencio.