Domingo, 24 de septiembre.

Estos días los he pasado completamente retirada; únicamente el señor cura nos ha acompañado a comer algún día que otro.

El día no resulta bastante largo para todo lo que yo quisiera hacer, y mis fuerzas se agotan antes que la voluntad y el deber.

Voy todos los días a misa a eso de las siete, como me propuse en un principio. Mis hijas me acompañan. Después de la misa nos desayunamos y comenzamos a trabajar, alternando nuestras tareas con la lectura de la Biblia; después y hasta la hora de comer, mis hijas dan lecciones de gramática e historia. Con estas ocupaciones, el tiempo lo encontramos corto. Después de comer tenemos una hora de recreo. Luego volvemos a tomar nuestra labor y alguna lectura amena que yo escojo siempre, procurando que sea tan agradable como instructiva; algunas veces recitamos de memoria algunos párrafos de la historia o de la gramática. Vamos luego a rezar nuestro rosario a la iglesia o a nuestro gabinete; paseamos después hasta la noche, y durante la velada, mientras yo juego al ajedrez con mi marido, las niñas se entretienen aprendiendo de memoria algunas de las fábulas de La Fontaine.

Mientras no ocurra novedad alguna que nos interrumpa, esta es la vida ordinaria que llevo con mis hijas, con las diferencias naturales que exigen las diversas estaciones del año; mi principal objeto es inspirarles mucha piedad, ocupándolas siempre en cosas útiles.

Ayer recibí carta de mi Alfonso; está bien de salud; me parece un sabio en la manera de escribir.

LXXI

Milly, 25 de septiembre.

Mi pobre esposo ha sufrido una pérdida de cuatro mil doscientos pesos. El comerciante encargado de vender el vino se ha declarado en quiebra.

Esta gran desgracia mi marido la sufre con la mayor resignación.