Según se dice, el comerciante de vinos, que es de Nuits, resulta ser un desgraciado, pero de una honradez sin límites. Esta mañana ha venido él mismo a anunciarnos la suspensión de pagos, diciendo que va a convocar a todos sus acreedores para que se repartan cuanto le queda, y que no se reserva nada para él. ¿Cómo no apreciar semejante conducta y no compadecer a quien nos arruina tan contra su voluntad? Porque no hay duda que vamos a quedar por ello pobres durante todo el año, ya que sólo contábamos con la suma que se ha perdido. ¡Hágase la voluntad de Dios! Admiro la calma de mi marido después de semejante contratiempo; él sufre, sin embargo, por mis hijos y por mí; pero exteriormente, es decir, en cuanto no nos hiera materialmente a nosotros, es un hombre de bronce.

Alfonso debía regresar el día 17 del colegio; fui a recibirle en Mâcón. Llegó por la noche, solo. Le encontré mucho mejor de lo que esperaba; es ya cuatro dedos más alto que yo, está algo flaco y pálido; parece un buen muchacho: los jesuitas, sus maestros, se admiran de sus facultades; ha venido cargado de coronas, premios, discursos en latín y en francés, versiones y poesías latinas y... a pesar de todo, es modesto sin petulancia alguna. Lo que me ha agradado también mucho es que parece inclinado a la piedad. ¡Dios lo quiera! ¡Porque creo que es lo único que puede hacerle feliz!

Después de su llegada he corrido a la iglesia, llenos los ojos de lágrimas de alegría, a dar gracias a Dios por el gran favor que acaba de hacerme con el feliz regreso del hijo de mi corazón.

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Al presentar a Alfonso a toda la familia en Monceau, he sentido un poco de orgullo. Sin embargo, no le encuentro el tono tan dulce como yo quisiera. Creo que debo alejarle de mí, que tanto le amo y que tanto le mimo por añadidura; y por otra parte, he de mimarle por condescendencia. ¡Cuan difícil es formar un hombre!... Tanto mi marido como yo nos encontramos apurados para acertar en lo que debemos hacer con él.

Adora la carrera militar, que es la de su padre: ¡pero esa guerra contra la Prusia devora tantos y tantos jóvenes! y además, la carrera de las armas es mortal de necesidad para la juventud inocente.

LXXII

Mi madre vuelve a la ciudad el 25 de diciembre de 1806.—He aquí lo que se lee en su diario del 2 de enero de 1807:

2 de enero.

Hoy he quedado convencida de que camino aceleradamente hacia la eternidad.