11 de octubre de 1811.

Alfonso me escribe desde Roma cartas llenas de entusiasmo sobre los monumentos de esta ciudad célebre; mucho me gustaría estar en su compañía, pero mi pobreza no me lo permite. Los gastos de su viaje nos ayudan a cubrirlos sus tíos. Para este objeto, nos dieron ayer trescientos pesos. Alfonso, si es económico, podrá pasar con cuatrocientos pesos el invierno en Nápoles, pero como es joven y de imaginación viva y ardiente, ¿qué va a hacer entregado a sí mismo en los países lejanos? Yo, que aspiraba a verle partir, aspiro ahora a verle volver; durante el día, lo recomiendo veinte veces a la protección divina, ¡Qué desgracia es tener un hijo desocupado! A pesar de la repugnancia de la familia por verle servir a Bonaparte, deberíamos mejor pensar en él que en semejantes repugnancias; cuando se trata de los hijos conviene hacer caso omiso de las opiniones políticas.

Yo confío en que su amigo M. Almón de Virieu irá a reunírsele; es un bellísimo sujeto, ya entrado en años, y que ha de serle de gran utilidad en algunas circunstancias.

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En esta época fue cuando yo abandoné Roma para ir a Nápoles, en cuya ciudad hice la vida errante y poética descrita en el episodio, verdadero en su fondo, titulado Graziella. (Véase el primer volumen de las Confidencias).

LXXX

Hay aquí una grande interrupción.

El diario no continúa hasta que su hijo ha vuelto de sus viajes, el 24 de julio de 1812.

24 de julio.

Más de quince días hace que me encuentro aquí; fue el 7 de julio el día que vine a establecerme; mi esposo ha estado en la ciudad con Cecilia. Los primeros días creí disgustarme porque no experimentaba el placer ordinario que siento cuando estoy en el campo, pero desde que vine, he ido acostumbrándome poco a poco y me encuentro ya muy bien. Mis paseos solitarios, el trabajo y la lectura en compañía de mis hijas y el cuidado de algunos enfermos, todo ha recobrado para mí su interés ordinario, y yo he estado tan bien como merezco, si puedo estarlo. Solamente Dios sabe cuán escasos son mis merecimientos. Pero esta tranquilidad ha sido turbada por una circunstancia.