LXXXI

10 de agosto de 1812.

Me encuentro ya en la deliciosa morada de mi cuñado el abate Lamartine, en Montculot, en medio de bosques y de fuentes, en una especie de desierto que parece una abadía. Debiera estar aquí en paz, y sin embargo no es así; los cuidados de madre de familia me siguen por todas partes, incluso aquí mismo. ¡Ah! ¡cuántos reproches debo echarme en cara! Soy extremada en todo, toda del mundo, y en la soledad, acaso demasiada austera; los objetos presentes agítanse con violencia sobre mis sentidos; en fin, yo sufro. Ofrezco todas mis penas a Dios, rezo muy poco y leo mucho; estoy excesivamente impresionada por la brevedad de la vida y la necesidad de prepararme para la eternidad. Trato frecuentemente de penetrarme de lo que recuerdo haber escrito una vez, esto es, que yo no quería considerar esta vida más que como un purgatorio, y que todas las penas que Dios me envíe debo encontrarlas dulces en comparación de las que yo merezco. Lo que me hace temblar es el porvenir de mis seis hijas. ¡Cuántos disgustos preveo por esta causa!; pero el tormento que semejante previsión me ocasiona es condenable, porque vengo probando de continuo que el socorro de Dios jamás me ha faltado en circunstancia alguna, y que con mayor fuerza de razón debo yo considerar ser éste el verdadero centro de mi vida.

LXXXII

17 de diciembre de 1812.

Nuevamente he regresado de Milly para instalarme en la ciudad: al pasar por Changrenon he comido en casa de Mme. Rambuteau, lo cual me ha causado un placer grande, porque hemos hablado mucho de personajes de París que conocimos durante nuestra juventud.

LXXXIII

31 de enero de 1813.

Mañana se anuncia, al fin, el casamiento de mi primera hija, con un gentilhombre del Franco Condado, que se llama M. de Cessia. Cecilia es muy bella y más joven que él.

A pesar de la diferencia de edad, él es muy bueno y razonable. A los dieciséis años recibió una herida formando parte del ejército de Condé, y cojea un poco. Vive con su padre; que cuenta ya ochenta y seis años, de carácter imperioso y absoluto, y dos hermanos solteros. Es un excelente casamiento que, aunque me preocupa un poco, espero ha de hacer la felicidad de mi Cecilia.