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Sigue el diario con una extensa reseña de París, sus museos y edificios más notables, expresando deseos de presenciar alguna diversión pública, de lo que se abstiene por escrúpulos de conciencia.
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Alfonso nos ha conducido hoy a Saint-Cloud en un cabriolé; es un sitio en el cual pasé la mayor parte del tiempo de mi niñez, cuando mi madre educaba a los hijos del duque de Orleans; en aquellos fui yo extremadamente feliz; salí de allí a los quince años, y desde entonces no había vuelto a ver aquellos lugares, a pesar de que tenía grandes deseos y muy gratos recuerdos de ellos. He paseado todo el parque acompañada de Alfonso y Eugenia; les hacía notar árbol por árbol todos los sitios en donde había yo jugado cuando niña; hubiera querido poder enseñarles las habitaciones, pero esto no fue posible, porque la emperatriz María Luisa las tiene actualmente ocupadas.
He dado a Alfonso todo el dinero que yo me había traído, para pagar las deudas adquiridas en el juego.
Me he dejado llevar a la Opera por M. y Mme. de Larnaud, quienes me han asegurado que semejante espectáculo no viene a ser más que una academia musical, y, por consiguiente, la Iglesia no lo prohíbe. Me he alegrado mucho de verlo, porque tenía de ello una idea bastante exagerada; no me ha producido la extrañeza que yo me figuraba, según lo que había oído decir; antes al contrario, he sentido una impresión de compasión por aquellas gentes y, a la vez, de cuando en cuando, decíame a mí misma: He aquí la reunión de todas las artes, de todas las reputaciones y talentos, ¿y esto es lo que ha concedido la celebridad en todo el mundo? ¿nada más que esto? Me pareció algo así como una gran función de polichinelas; un juego de niños bien combinado, cuatro diabluras, un poco de fuego producido con alcohol, contorsiones de toda especie y máquinas cuyos secretos se adivinan en seguida, ¡esto es todo! ¡hombres! ¡hombres!...
Cuando sentí verdadera compasión por el público, que llenaba el teatro, fue al advertir que muchas personas demostraban fastidio y otras permanecían dormidas desde que dio principio el espectáculo.
He conseguido alejar a mi hijo de aquel abismo de seducciones. He vuelto por Rieux, tierra de mi padre, en donde he pasado quince días al lado de mi hermana. El día antes de mi salida mandé celebrar una misa en memoria de mis padres junto a su tumba, donde descansan sus cenizas.
El recibimiento de mi marido y de la familia ha sido tan tierno para mí, como frío para mi hijo. Hemos vuelto a Milly. Alfonso parece conformado con esta soledad; trabaja, lee, escribe; siempre en su cuarto; por la noche, junto al hogar, se habla con los vecinos de las derrotas de nuestro ejército y de las calamidades que las locuras de Bonaparte han atraído sobre Francia. La Europa entera se ha puesto sobre él: ¿qué será de esta desgraciada Francia, invadida por innumerables ejércitos extranjeros que ha provocado al mismo tiempo, así en España, como en Rusia y Alemania? ¡Dios mío! ¡cuán cara tienen que pagar los pueblos la pretendida gloria de los conquistadores y de los ambiciosos!
Todos los hombres solteros han sido llamados a las armas, los impuestos se han cargado extraordinariamente. Nosotros, por economía, hemos vendido nuestro caballo.