22 de julio de 1815.
¡Con razón decía yo que nuestra paz había sido un sueño solamente! ¡Cuán cruel ha sido el despertar! Otro sueño de desdichas que ha durado tres meses; pero volveremos otra vez, así lo espero, a ser dichosos. ¡Quiera Dios que así sea para todos! La vuelta de Bonaparte nos ha costado muchísima sangre. La Francia está arruinada. Tenemos todavía en nuestro suelo muchísimas tropas extranjeras, y temo que el tratado no esté firmado aún; pero entretanto las condiciones son crueles. Esta es nuestra situación.
No he de repetir aquí todos los acontecimientos surgidos durante estos últimos ocho meses; demasiado escritos quedarán en todas partes. Solamente diré que a los primeros rumores de la vuelta de Bonaparte, Alfonso corrió a París, adonde le llamaban sus aficiones y su deber; que acompañó al rey hasta Bethune en medio de las mayores penas y fatigas; que una vez allí, después de recibir la licencia y las gracias de los príncipes, volvió a reunírseles, rodeado también de grandes peligros; y que algún tiempo después, volvió a salir para Suiza. Pero ocurrió la batalla de Mont-Saint-Jean, regresaron nuestros príncipes y regresó también Alfonso a la patria, dirigiéndose a París, donde actualmente se encuentra, haciendo las diligencias necesarias para obtener un empleo diplomático. Abrigamos muchas esperanzas de conseguirlo.
¡Qué horribles angustias hemos pasado! Basta decir que Mâcón ha sido tomado a mitad de la noche, que yo desperté a las dos de la madrugada entre el espantoso estruendo de los cañones, obuses y fusilería, vivísimo en todas las calles, y los más siniestros gritos de desesperación y de dolor. Nos creíamos todos perdidos. Me levanté de la cama e hice levantar a Cesarina, la única de mis hijas que se encontraba conmigo a la sazón, y una y otra, puestas de rodillas ante un Santo Cristo, esperábamos el momento del sacrificio ofreciendo nuestras almas a Dios.
Luego pareció irse calmando todo. Los austriacos quedaron triunfantes, pero no abusaron de la victoria; hubo algunas casas saqueadas pero fueron aquellas en que se defendió el enemigo. Nosotros no recibimos el menor daño personal, gracias a Dios, pero materiales, ¡tenemos ya sufridos tantos!
He aquí lo que me ocupó después del día 17 de septiembre: Cecilia, hace como cinco semanas, tuvo una niña que cría ella misma y se llama Celenia. Todo marcha muy bien. Alfonso sigue en París aún. Tanto como deseamos las mujeres ser madres, y ¡ay! el serlo en estos tiempos hace temblar al espíritu más fuerte.
XCIV
Nuevamente sonríe a mi madre la dicha, y sólo satisfacción y contento rebosan sus escritos. El día 13 de octubre de 1815 se publicaron los esponsales de su segunda hija Eugenia, con M. Coppens de Hondschoote, joven oficial, teniente coronel del regimiento que guarnece Mâcón, hijo del antiguo señor de la villa de Hondschoote en Flandes. Una simpatía mutua condujo el asunto rápidamente a su desenlace. Celebrose la boda en Mâcón en el mismo día en que se inauguró una iglesia nueva. En la descripción de esta ceremonia de familia se adivina una alegría maternal inexplicable.
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Acordose que la boda se celebraría en la iglesia nueva que debía bendecirse en igual día; pertenecíamos a esta parroquia y estaba muy cerca de nuestra casa. Luego, después de la bendición nupcial, que atrajo mucha gente a la iglesia, nos retiramos. Todos mis hijos venían junto a mí; Cecilia y Alfonso habían llegado hacía poco; mi pequeñita Alicia estaba también; el tiempo era precioso: nos acompañaba toda la oficialidad con su música tocando alegres aires. Eugenia estaba encantadora: llevaba un vestido de tul bordado, un velo de raso blanco, una guirnalda de lirios y rosas blancas y un ramo de las mismas flores; estaba verdaderamente hermosa. Su marido, que tiene una arrogante figura, iba radiante de satisfacción. Las calles estaban atestadas de gente, así como la iglesia y sus alrededores; al volver, tuve muchísimo miedo de que hubiese alguna desgracia, pero se tomaron muchas precauciones para evitar los accidentes que la aglomeración de gentes pudiera ocasionar.