Casi todo el pueblo estaba invitado a pasar la velada en nuestra casa. Como es natural, hube de trabajar mucho para preparar el recibimiento a tan numerosa concurrencia. Había dispuesto la sala comedor, que es muy grande, para salón de baile; la hice tapizar de un tejido verde, e iluminar muy bien. El coronel nos mandó la música del regimiento, que fue colocada en una habitación contigua, produciendo muy buen efecto, combinada con el salón; mandé quitar la cama de mi cuarto que es muy espacioso, e hice colocar una mesa para setenta cubiertos aproximadamente, y otras dos en las que podían acomodarse otros tantos entre una y otra. En un gran gabinete situado junto a mi dormitorio, había igualmente otra mesa para que los caballeros pudieran cenar a media noche con toda libertad. Todo esto me dio mucho trabajo ciertamente, pero yo lo hice con mucho gusto y todo salió perfectamente. Todo el mundo se retiró a la hora conveniente; estuve bastante agitada y no fui yo seguramente la única. Cesó la algazara, acompañamos a los novios al dormitorio y yo me retiré igualmente, después de rogar a Dios por mis hijos y por mí.
Al día siguiente, asistí a la misa mayor, en que oí un buen sermón pronunciado con motivo de la inauguración de la nueva iglesia.
XCV
19 de junio de 1817.
Mi hijo Alfonso se encuentra en este momento viajando en la Saboya, acompañado de la familia Maistre, cuyo sobrino, M. Luis de Vignet, persona distinguidísima, es muy amigo de él. Este joven, de grande ingenio y mucho talento, como el que yo supongo en mi hijo, tiene como él también un carácter algo melancólico. Me recuerda la figura que yo atribuí en mi juventud a Werther, de Goethe; pero él es, como su familia, muy cristiano.
Esta amistad, bajo esta correspondencia, me satisface por mi hijo, que tiene necesidad de buenos ejemplos de fe positiva, porque su religión, demasiado libre y demasiado vaga al mismo tiempo, me parece producida por el sentimiento y no por la fe.
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Como ya tengo indicado, mi hijo solicita un empleo diplomático; mi hermano mayor y yo hemos despertado en él este deseo que le cuesta buenos disgustos. Como quiera que en París no tenemos una protección directa para abrir las puertas de las personas influyentes, y nuestro nombre, aunque digno, no es de gran resonancia para llamar la atención de los ministros, perdemos el tiempo. Alfonso se cansa e impacienta, no pudiendo obtener una ocupación activa para su espíritu; y sus disgustos recaen sobre mí y me afligen mucho.
XCVI
20 de junio de 1817.