Hoy me han hecho una proposición de matrimonio para mi hija tercera, Cesarina. El joven que ha pedido su mano, creo yo que le conviene bajo todos conceptos; a mí me agrada mucho. Se llama M. de***, y pertenece a una conocida familia parisiense, ligada ya de antiguo con la mía. Cesarina posee una belleza deslumbradora, completamente italiana; muchos dicen que los rasgos de su fisonomía son los de una creación del pintor Rafael de Urbino, que se conoce por la Fornarina. Yo no sé lo que en esto habrá de cierto, pero sí sabré decir, que es una hermosa criatura físicamente considerada, y lo que es algo mejor, muy franca, sencilla, y altamente simpática a todo el mundo.

Mi cuarta hija, Susana, será más hermosa aún, pero el género de su belleza será completamente distinto; es la estatua del candor y la virginidad.

Sofía, menos seductora a primera vista, promete, sin embargo, atesorar también grandes atractivos y ciertas cualidades de alma por complemento superiores a todos los hechizos. ¡Oh! ¡qué hijas me ha concedido Dios! ¡Parece que la Providencia y la Naturaleza se hayan puesto de acuerdo para favorecerme con sus dones! ¡Qué cuentas deberá rendir esta madre al Señor de cielo y tierra!

XCVII

Junio de 1818.

Mucho trabajo me cuesta el favorecer las inclinaciones hacia el apreciable joven M. de***, a quien estimo en mucho a causa de sus excelentes cualidades y lo quisiera para esposo de mi hermosa Cesarina.

La familia de mi marido se opone a este matrimonio por razones sociales de bien poca monta por cierto, pero yo tengo la seguridad de que habrían de ser felices uno y otro. El no tiene fortuna, es verdad, pero yo les tendría en mi casa. Estoy obligada a esconder a la familia de mi esposo la inclinación que siento por esta alianza, pero si yo hiciese, al parecer, cierta violencia, no podría llegar jamás a conseguir la unión de estas pobres criaturas. Entretanto me está ello pesando en la conciencia; tal vez he cometido un error dejando entrever a estos tiernos corazones que al fin se unirán. He consultado sobre este particular con un hombre que merece toda mi confianza y me lo ha aprobado. ¡Dios mío! haced que resplandezcan mis intenciones: Vos sabéis que son buenas.

El joven de***, se muestra más cariñoso y solícito que antes; son sus visitas tan frecuentes que temo despierten recelos en la familia; no obstante, cuando creo que sus visitas pueden llamar la atención, le recibo con alguna frialdad; y él, comprendiendo mis indicaciones perfectamente, obra como hombre discreto que es y de virtud irreprochable. ¿Qué es lo que sucederá? ¡cuántos tormentos ocasiona eso de haber dos espíritus distintos en una misma familia, sobre motivos de trascendencia! Encuentro que no se consulta lo suficiente al corazón en nuestra sociedad francesa, cuando se trata de un acto tan importante como es el del matrimonio. Por suerte para mí, mis parientes dejaron que hablase el mío; y gracias a la condescendencia de mis buenos padres, soy feliz actualmente.

XCVIII

18 de julio de 1818.