M. de Vignet, el amigo de mi hijo, ha estado aquí unos días, acaba de ser llamado a París por el embajador de Cerdeña, marqués de Alfieri, a quien Alfonso conoce muchísimo. Esto es buen augurio para el porvenir diplomático de este joven, quien empezaba ya a descorazonarse. ¡Ah! ¡cómo quisiera yo ver a mi hijo entrar pronto en una carrera tan digna de él! Observo que mi salud va languideciendo de algún tiempo a esta parte; yo creo que la causa de ello son los sufrimientos del corazón y del espíritu, ocasionados por los contratiempos que mis hijos están sufriendo. Es preciso que sobre esto reflexione detenidamente. Pronto cumpliré cincuenta y dos años, y como quiera que no he sido de complexión fuerte, necesito de mayores cuidados que muchas otras; eso debería aumentar mi piedad y hacer que me ocupase solamente de Dios. En lugar de esto, parece que mi alma participa de las debilidades de mi cuerpo, porque encuentro que me faltan o se debilitan en mí aquellos sentimientos vivos que penetran el alma y la elevan al cielo, haciéndonos felices en todas las situaciones de la vida; me siento fría, e insensiblemente arrastrándome sobre la tierra. ¡Oh! no es esta la vejez que se necesita para preparar el alma. Entretanto, ¡Dios mío! mi voluntad se dirige todavía hacia Vos, sostenedme y haced que pueda daros todo lo que me resta... ¡Ay! ¡qué pobres e indignas de Vos son mis ofrendas!
XCIX
25 de julio de 1818.
Nos hallamos en la casa de mi buen cuñado el abate Lamartine, que se encuentra enfermo. Continuamente está haciendo regalos a mis hijas, y para después de su muerte ha legado a Alfonso esta propiedad de Montculot, que aun con un gravamen de doscientos mil francos, le servirá acaso de ayuda el día que necesite casarse.
C
4 de agosto.—En el parque de Montculot,
al lado de la fuente Fayard.
Esta fuente, pintoresca y apacible como una de la Arcadia, fue celebrada en mis composiciones tituladas Armonías con el nombre de
LA FUENTE DEL BOSQUE
¡Oh! fuente cristalina—Que saliendo de la roca—Formando hermosa cascada—Bañas el florido prado—Y en el mármol de Carrara—Murmuras con impaciencia—Por salir a la pedrera.—El delfín que oculto entre la hiedra—Arrojaba por la nariz la blanca espuma, ha desaparecido. Centenarias hayas que prestan su sombra—Al lecho por donde juegas en ondas—Te sirven de templo—Y de corona, las hojas secas de otoño y el verde musgo.—La vieja pila de mármol ha sido destrozada—Pero tú, siempre generosa—Devuelves bien por mal a los que te ofendieron—Ofreciéndoles la frescura de tus aguas, limpias como el cristal.—Cuando veo filtrarse cual rocío entre los guijarros—Las gotas cristalinas formando mil colores—Las ideas de mi niñez vuelven a mi imaginación—Y los recuerdos del pasado, me llenan de tristeza.—¿Cómo quieres que no busque a tu lado alegrías y tristezas?—Mudo testigo que recuerdas hechos y edades pasadas—¡Cuántos lances has mezclado en tus murmullos!—¡Cómo han corrido mis pensamientos tras de tus ondas!—Aquí me tienes otra vez, fuente deliciosa.—Yo soy aquél que en otro tiempo turbaba tu tranquilidad, con regocijo infantil. Yo soy quien a la sombra de los árboles que te rodean, soñé con la gloria cuya senda veo hoy oculta por negros nubarrones.—Mientras lloro ausencias y muertes—Reclina la cabeza sobre las piedras que te circundan.—Yo soy aquél, que rendido de cansancio—Llegó a ti, con el rostro oculto entre las manos—Derramando lágrimas que empañan tu pureza cristalina—A confiarte tu pesares; porque tú sola contestas a tus lamentos.—A escuchar las armonías que producen tus cascadas.—Pero ¡ah! que no pueden tus olas seguir a mis ideas—Rápidas como el viento que arrebata la hojarasca que se extiende a tus pies.—Algunas veces, trepando por la escarpada pendiente—Llego al punto donde tienes tu nacimiento—Y te contemplo cual hija de las nubes, flotando entre vapores.—Fuera imposible sin ti, la vida en estas soledades.—Calmas la sed del césped que, al besarte, bebe tus cristales gota a gota.—Y aunque el duro pedernal intente devorarte en su seno—Te alejas juguetona, y corres a llevar tus virginales perlas—A los más profundos huecos de las montañas.—Reflejando en el camino el hermoso transparente del cielo—El desierto se anima con tu presencia—Y a un aliento de tus aguas—Se inclina el árbol añoso—Cobijándote en sus ramas.—A tu lado, los alegres pajarillos cantan sus amores—Y los hombres han de arrodillarse para beber de tus aguas.—«Aquí beberá el caminante», dijo una voz. Y tú, fiel a esta consigna—Avisas al hombre cuando por tu lado pasa—Con el sordo murmullo que produce el líquido, al caer en el recipiente.—Y al que se detiene a contemplarte—Le dices satisfecha:—Este prodigio que admiras, obra de Dios es.—Mis murmullos son el himno que constantemente elevo al autor de la Naturaleza. Yo siento en el corazón, ¡oh, fresca fuentecilla!—Tantas ideas como ondas tiene tu pilón.—Y al aproximar mis labios a tus aguas—Brotar de mi pecho el amor, y escaparse el ruego de mi boca con acento rápido—Y exclamo: Señor, te adoro, acepta mi triste llanto.—Hoy contemplo tus riberas—Bien distintas por cierto de ayer.—El viento se ha llevado las hojas, y hasta el cisne ha cambiado su blanco plumaje.—No tardará mucho tiempo en ver caer mis blancos cabellos sobre ti—Cuando vengas a visitarme, apoyándote en los troncos de las hayas tus eternas compañeras.—Entonces, contemplándote de nuevo, reflexionaré todo lo pasajero de esta vida.—Comparándola con tus gotas que convertidas en olas—Mueren en el mar después de haber corrido alegres el camino—Cubierto de flores unas veces, de espinas otras.—Y así es la vida, ¡Dios mío!—Tras de la noche la aurora.—Y las olas corren siempre—Cual la vida seductora.
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