Posteriormente he visto que mi pobre madre también meditaba sobre la fuente del Bosque y por cierto, más cuerdamente que yo.
Continuemos el diario.
4 de agosto de 1818.
Es la una de la tarde, y vengo de dar un paseo por la fuente Fayard: es un sitio delicioso en extremo: me gusta ir allí a reflexionar y rezar al mismo tiempo porque lo uno es consecuencia de lo otro. Doy gracias a Dios por los beneficios que me hace, que son muchísimos. Al fin vuelvo a encontrar los mismos sentimientos de otros tiempos. Tengo observado que cuanta mayor es mi soledad y mi retraimiento del mundo, soy más piadosa y feliz. Pero no hay remedio; debo alejarme de aquí: debo volver a mis tareas ordinarias, a mis deberes, a mis incertidumbres.
Tened piedad de mí, Dios mío; tiemblo por lo que he de sufrir yo y por lo que habrán también de sufrir mis hijos Alfonso y Cesarina y mi buena amiga madame Paradis que necesita de mí en estos momentos. Valor y prudencia.
Esta mañana, durante el paseo, recordaba las veces que he estado aquí, y son seis, y he pensado que mi diario me es de mayor utilidad que a otras muchas personas, porque tengo poquísima memoria, y al mismo tiempo, porque gusto de ir recordando todo lo que me ocurre en diferentes circunstancias en que me voy encontrando; veo también, que no es de menor utilidad para mi alma.
Estoy leyendo los sermones de Massillón y la Odisea; mis hijas leen la historia antigua.
¡Pobres hijas mías! Se están portando como quienes son: alegres y buenas por todo extremo.
Mas, ¡ay! ¿las dirijo yo como debo? ¿No tengo que echarme algo por ello en cara? ¿Tendré la culpa de las dificultades en que me encuentro por causa de Cesarina? ¡Oh, Dios mío, Dios mío! Vos sois mi única esperanza; no me abandonéis en manera alguna; reparad mis faltas; apiadaos de mis hijos y de mí.