15 de agosto de 1818.
Los disgustos que he sufrido por causa de mis hijos, acortarán mi existencia y acabaré por sucumbir bajo el peso de tanto sufrimiento. Yo he sentido sus penas con mayor fuerza que ellos mismos. La ociosidad de Alfonso me consume. ¿Por ventura ha nacido para esto? Me lo he encontrado solo en Milly donde se quedó antes, tranquilo, pero triste, y tanto o más que nunca viviendo entre sus libros, y de cuando en cuando escribiendo versos que no enseña jamás. Algunas veces, sus amigos, M. de Vignet y M. Virieu, me hablan de él con especial entusiasmo; pero ¿de qué le sirven sus talentos así encerrados, en el supuesto de que verdaderamente lo sean? Por otra parte, ¿qué ha de ser esta poesía que reconcentra sus ecos en un joven devorado por el deseo de actividad?
La causa de mi excesiva alegría por la vuelta de los Borbones, fue porque esperaba que la familia no se opondría entonces a esta necesidad de obrar, y que estos príncipes, a quienes habíamos servido en la desgracia, emplearían a mi hijo en alguno de los muchos cargos de que ha de ser capaz; ¡pero después de tres años no hemos tenido de ellos ni una sola mirada!
No dejo de comprender que, así los príncipes como los ministros, están abrumados de solicitudes a su alrededor, y que no pueden dirigir sus miradas hasta el fondo de las provincias para ir escogiendo y clasificando los talentos jóvenes y desconocidos. Es preciso resignarse al olvido. Al fin y al cabo esto no vale la pena de disgustarse; pero ¡ah! que mi hijo está en la edad de las ilusiones, que son para él lo que para mí las realidades. Acaso el sentimiento secreto que en él adivino procede de este desengaño sufrido. Porque no es natural ni corriente que un joven de su imaginación y de sus años, se abandone y encierre en la soledad más absoluta; aparece como que haya perdido por la muerte o por otra causa cualquiera, algún objeto querido, cuya falta ocasiona en él tristeza tan profunda.
CII
12 de septiembre de 1818.
Alfonso recibió ayer un paquete de cartas de su mejor y más íntimo amigo, M. de Virieu, quien le llama a París inmediatamente. El ha vendido su caballo para hacerse con cien pesos; yo le he dado además todas las economías que poseo. Ya ha partido. M. Virieu, quien ha ingresado en la carrera diplomática y se interesa por Alfonso tanto como él mismo, le decía en sus cartas que el conde de Lagarde, nuestro embajador en España, estaba decidido a llevarle consigo a Madrid. ¡Quiera Dios que este proyecto se realice!
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Todo ha fracasado. Alfonso acaba de volver más descorazonado que nunca por los acontecimientos que le vuelven a sepultar nuevamente en la inacción y la oscuridad. M. de Lagarde, que le conoce, y que hubiera deseado llevarle consigo, no le ha sido posible, y ha partido, para Madrid, dejando a mi pobre hijo en el mayor desconsuelo.
¡Si yo pudiera obtener para mi hijo la resignación que yo poseo! Pero el es joven y es natural que sus pensamientos sean distintos a los míos.