El proyectado casamiento de mi Cesarina, resulta decididamente irrealizable, me he visto obligada a decírselo así a este pobre joven. La familia se ha obstinado en la negativa más absoluta; estoy desesperada y he llorado mucho; el pobre joven parece resuelto a esperar aún contra toda esperanza. También Cesarina está muy triste, pero bien penetrada de su deber; teme, dice, que si fuerza por sí misma las repugnancias, el descontento de aquellos de quienes nosotros dependemos recaiga sobre mí. ¡Lástima grande que así se rompan las esperanzas de dos almas puras que sentían una hacia la otra cierta inclinación natural, por cierto bien inocente! Afortunadamente, el tal efecto no constituía para Cesarina una pasión absoluta, y si únicamente una simple disposición amorosa, y el reconocimiento natural en quien se ve amada con vehemencia. ¡Pobre muchacho!

Me han hablado de otro matrimonio para mi hija con un hombre de mucho mérito que ha pedido su mano; he conferenciado con ella sobre el particular, y parece que se presta a la realización de dicho proyecto; creo que ha reflexionado y está resuelta. No he podido comprender si ella se ha manifestado condescendiente por sacarme de apuros o si ve alguna razón de conveniencia particular: yo procuraré estudiar este asunto con detenimiento. Alfonso me dice (y tiene mucha razón), que no haga violencia alguna contra los sentimientos y afecciones que pueda profesar a otra persona.

Me dice también mi hijo, que si es necesario él me apoyará contra todas las oposiciones de la familia, hasta el momento en que sea completamente libre de seguir sus inclinaciones naturales; Cesarina, al oír esto ha contestado que no había experimentado más que el natural sentimiento en toda persona reconocida a otra a quien ha inspirado una pasión, y que seguiría sin pesar alguno la voluntad de la familia, que se uniría sin repugnancia al hombre apreciable que se le destinaba; parece, por lo tanto, que hay en ello tanta reflexión como simpatía. ¡Feliz el marido a quien la Providencia le depare tan angelical criatura!

*
* *

Al poco tiempo, o sea el 21 de febrero de 1819, se ve que la obediencia de Cesarina se trocó en verdadera felicidad, al menos en apariencia.

CIII

Domingo, 21 de febrero de 1819.

El día 17 hemos llegado a Chambery; están los caminos intransitables y hemos hecho el viaje en largas jornadas. La mayor parte de la familia nos esperaba con impaciencia; hemos sido recibidos como príncipes. Cesarina parece estar en su elemento, simpatizando con las gentes de este país, que son buenas y sencillas; nos colman de atenciones, que verdaderamente puedo calificar de amistosas.

Felicítome mucho todos los días por este casamiento, que tantos disgustos me ha costado figurándome que había dificultades de verdadera monta para realizarlo.

La figura de M. de Vignet no es muy notable; su fortuna es mediana; temí muchas veces cometer un disparate; ¡y he sido yo quien lo ha hecho todo! Rogué muchísimo a Dios que me diera acierto y que aclarase mis dudas, y veo ahora con satisfacción que todo lo que pueda llamarse verdaderamente cuerdo y razonable, se encuentra en este matrimonio. He podido comprender que Cesarina no ha encontrado la menor repugnancia en la figura de M. de Vignet; estoy segura de que le amará... Tengo la satisfacción de ver que no me he equivocado; Cesarina le ama en efecto.