¡Cuánta demencia!
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Me encuentro en casa de mi hija Cecilia, descansando de mis fatigas cotidianas; ella vive completamente dichosa; es adorada de todo el mundo por su dulce carácter, y se ve rodeada de hermosísimos hijos cuyo número aumenta cada año. Este pueblecito de Saint-Amour es delicioso. He tenido ocasión de entregarme a mis reflexiones; tuve un gran disgusto al separarme de mi Cesarina, y ella, por su parte, lo tuvo también al verme partir. Siempre que estoy turbada y abrumada, despejo mi cabeza reflexionando. Pero jamás sabemos de cierto en este mundo cuándo obramos bien o mal: Dios lo quiere así para tenernos humillados siempre en nuestra propia desconfianza. A él recomiendo continuamente aquella hija querida, que dejé rodeada de una familia llena de virtudes de todo género, y particularmente de piedad, dispuesta, al parecer, a amarla más cada día.
Goza su esposo de mucha consideración, y aunque tiene más edad que ella, se aman entrañablemente. Ella alternará con lo mejor de la sociedad del país. Sus haberes, dado el cargo que desempeña su marido, son suficientes a sus necesidades, porque aun cuando en el fondo no sea su fortuna muy considerable, es seguro que la irá aumentando rápidamente. En Chambery abunda poco el lujo, todas las fortunas son limitadas: tengo, pues, motivos para creer que ha de vivir con desahogo y tranquilidad.
La que hoy empieza a ocuparme es mi Susana, belleza de otro género, pero belleza incomparable que llamo la atención de toda la sociedad de Chambery y de la juventud de Piamonte, donde me la llevé cuando fuimos a acompañar a su hermana para el casamiento. No se oían más que elogios para ella, pero es tan cándida y sencilla, que no se preocupa lo más mínimo de su belleza. Se me habló ya de un buen partido para colocarla. ¡Ah! ¡Si yo pudiese casarla más cerca de mí, y casar también a Alfonso! Quién sabe, Dios mío, si de esta suerte olvidaría esta dichosa carrera que le tiene preocupado y que acaso no conseguirá jamás.
CV
Mâcón, 18 de marzo de 1819.
Otra vez me hallo en Mâcón, pero muy intranquila, porque el encono de los partidos políticos se halla en Francia muy excitado. A mi marido y a mí se nos critica porque no participamos de la cólera de nuestros correligionarios los realistas; esto, a mi entender, no es religioso ni realista; que los hombres no creo hayan sido llamados al mundo para injuriarse. Tanto mi marido como yo, nos hemos visto obligados a separarnos de nuestras más íntimas relaciones sociales, encerrándonos en nosotros mismos: nosotros nos contentamos siendo fieles a los Borbones, sin perder por esto nuestra sangre fría, nuestro espíritu de justicia ni nuestras almas. ¿No existen acaso bastantes pasiones a que hacer frente dentro de nosotros mismos, sin necesidad de encender los odios políticos en que arden en este momento los espíritus? Dice mi marido que él dio su sangre a los Borbones el 10 de Agosto y que está dispuesto a derramarla nuevamente: pero que él no abandonará jamás su buen sentido a los furores de sus partidarios. Sin embargo, está triste y sufre mucho. Así, dice él, es como se fomentan las guerras civiles. Los enemigos de los realistas también están excitadísimos, de suerte que nos encontramos en medio de dos partidos y en nuestro propio país proscritos y sospechosos a unos y a otros. ¡Dios mío, derrama sobre todos el espíritu de paz y de justicia! Alfonso ha partido otra vez para París. ¿Qué objeto tendrá su viaje?
CVI
11 de junio de 1819.