He hablado con la señora de ***; es la italiana más bella y simpática que he tenido jamás ante mis ojos; posee una especie de irradiación dulce y viva a la vez, que subyuga el corazón al mismo tiempo que deslumbra la vista: el sonido de su voz, unido a cierto acento extranjero, despiden una emoción y una ternura que atraen y encantan a la vez. Me ha traído noticias de mi Alfonso, a quien dice que ha visto muchas veces en París; me ha recitado versos de mi hijo que yo desconocía por completo; son una especie de cadencias entre religiosas y melancólicas, dentro de las cuales se observa una pasión juvenil que no me atrevo a definir.

CVII

Milly, 4 de junio de 1819.

Ha llegado Alfonso y está muy bien de salud. Encuentro en él algo nuevo que le preocupa mucho. Parece que ha adquirido en Chambery relaciones con una joven inglesa, con quien tiene deseos de contraer matrimonio, y según cuenta, ella también le quiere; y ambos están resueltos, mediante el permiso de sus padres, a seguir adelante con sus relaciones. ¡Cómo se complace la Providencia en realizar mis más puros deseos! Cuando yo me impacientaba y desesperaba viendo a mi hijo sin ocupación, y sin objeto, vagando de un país a otro para distraerse en vanas inutilidades o en devaneos perjudiciales, he aquí cómo esta misma Providencia nos presenta de pronto y como de la mano, a esa extranjera que parece ser una mujer perfecta, y capaz de contener su alma dentro de la felicidad que proporciona una vida honrada. ¿Qué resultará de todo esto? Sea lo que Dios quiera.

La joven inglesa es conocida de Cesarina: esto me ha causado mucha alegría. Sin ser una belleza, muchas veces más perjudicial que útil a quien la atesora, es agradable y graciosa, tiene una figura admirable, y una cabellera como hay pocas; de educación esmerada, mucho talento e ingenio superior; pertenece a una familia notable de Inglaterra muy bien relacionada y emparentada; sin ser rica, su madre, que es viuda, tiene una posición desahogada; la joven es hija única; su padre fue coronel de las milicias inglesas durante las amenazas de la invasión bonapartista.

Habiendo recibido muy bien a los emigrados franceses en su casa de Londres, acogió muy particularmente a una gran dama emigrada de Saboya, conocida por la señora marquesa de la Pierre, a quien tuve el honor de conocer en casa del gobernador de Saboya con motivo del casamiento de Cesarina. Es una persona que ha debido ser de una belleza extraordinaria.

Esta dama pasó todo el tiempo del destierro de los reyes de Cerdeña en Inglaterra, hasta el 1818; tuvo algunas hijas nacidas y educadas en Londres; estas niñas han vivido después de su infancia, como hermanas, con la joven inglesa, su amiguita. A su vuelta a Saboya, hicieron que la amiga viniese con ellas para prodigarle a su vez la hospitalidad que de ella habían recibido; estaban, como es natural, satisfechas de poderle ofrecer su patria, su castillo, cuantas consideraciones gozaban en su provincia y en los dominios que les habían sido restituidos en parte. Actualmente habitan una magnífica quinta con un gran jardín al extremo de uno de los arrabales, situados a poca distancia de Chambery; esta quinta es el centro de reunión de la sociedad más distinguida e ilustrada de aquella deliciosa población. Allí se dibuja, se pinta, se dan conciertos, se monta a caballo; es una especie de cantón inglés transplantado a Saboya. Cesarina va allí muchas veces, y su cuñado, Luis de Vignet, el amigo de Alfonso, está casi siempre; hace versos y se los lee a las señoritas de la reunión; les ha leído también algunos, escritos por Alfonso, que han sido celebrados por la concurrencia: cuando se le interroga sobre su amigo, hace de él un elogio exagerado, le compara a cierto joven poeta inglés, cuyo nombre no recuerdo en este momento: únicamente sé que ha escrito poemas fantásticos que hoy gustan mucho, y les ha prometido presentar a su amigo cuando pasara por Chambery de regreso de Suiza: Alfonso se encontraba entonces en aquel país solo, y habitaba en la cabaña de un pescador a la orilla de un lago.

He aquí cómo ocurrió el caso, que viene a ser por cierto algo novelesco.

La fama adquirida por Alfonso, gracias a las exageraciones de su amigo, hizo que hubiera de presentarse en Bissy, quinta de recreo del coronel de Maistre en Chambery.

Tenían todos grandes deseos de conocer al hermano de Cesarina, y creían que su aspecto había de ser elegante, como sus composiciones poéticas, y simpático como su hermana. No pudo ocultar la joven inglesa su pasión por las poesías del joven francés, y su madre, que hace siempre lo que su hija quiere, sonrió sin disgusto a esta inclinación. Alfonso ha sido por unas semanas el favorito de la casa; y aprovechando esta circunstancia, hizo hablar a Cesarina con madame de la Pierre, para que esta señora lo hiciera a su vez con la madre de la joven inglesa. Pero la gran dificultad que me tiene intranquila ha de venir de nuestra parte, sobre todo de mis cuñadas de aquí; porque la joven de que se trata es protestante. Sin embargo, Cesarina (que tiene también muchas ganas de casar a su hermano), me asegura que la amiga de las señoritas de la Pierre, se ha aficionado a la religión católica, diciendo que ya hubiera abjurado del protestantismo, si no hubiese temido disgustar a su madre. Si ella ha prometido sinceramente a Cesarina entrar en nuestra religión, y educar sus hijos en nuestra fe, creo que habrán terminado con esto los obstáculos.