¡Qué de disgustos me cuesta el ir venciendo las dificultades que se oponen al bienestar de la familia y sobre todo la tranquilidad de mis hijos!

¿Y qué puede haber más antipático a los ojos de los tíos y tías de Alfonso, tan severamente razonadores, que este casamiento tan novelesco con una extranjera? Apenas me atrevo a hablar a mi marido y a sus hermanos, y de no ser así, no puede llevarse adelante el matrimonio. Toda la fortuna de la familia está en sus manos; Alfonso no tiene más que la corta pensión que le asignó su padre, y unos cincuenta mil francos sobre la propiedad de Saint-Point, cuando faltemos nosotros. Todas las heredades de mi padre político son de mis cuñados y cuñadas; si ellos no lo aseguran en el contrato, ¿cómo presentar así un joven sin carrera y sin fortuna a una familia más rica que nosotros? El amor lo compensa e iguala todo para los jóvenes, pero ellos no son los que cierran los contratos.

Estoy tan preocupada que no puedo conciliar el sueño.

CVIII

9 de noviembre de 1819.

Todo ha terminado. Alfonso está de vuelta. La madre de la joven inglesa se ha llevado su hija a Turín para alejarla de él, pero tengo la seguridad de que ellos se escriben de cuando en cuando. Estoy muy triste. Mi marido, disgustado por nuestra pena, por la pérdida de las cosechas, y por las deudas de su hijo que es preciso pagar antes de que se case, para que la familia a quien se una no resulte engañada; mi marido, digo, desea vender la casa de Mâcón y retirarse al campo; quiere vivir completamente aislado de las gentes. Si lo hace así, ¿cómo voy a colocar las dos hijas solteras que me quedan? ¿Quién vendrá por ellas al fondo de una pobre aldea? Semejante conversación con mi esposo y el temor de que venda la casa, me ha hecho derramar muchas lágrimas esta noche. Mis dos hijas pequeñas me han visto llorar, y en seguida han corrido ambas a encerrarse sin ruido en el gabinete de las Musas, junto a mi alcoba (en este gabinete están esculpidas en la madera de los arrimaderos, las nueve Musas). Al entrar yo en el referido gabinete, he sorprendido a las dos arrodilladas, rogando y llorando ante Dios para que me consuele. ¡Qué dichosa me he considerado al ver la ternura y la sensibilidad de mis piadosas hijas! Pero ¡ay! ello no hace sino disgustarme más al ver que no puedo ocuparme como debo del porvenir a que son acreedoras, por las virtudes que atesora su corazón.

CIX

25 de diciembre de 1819.

Esta mañana ha marchado Alfonso: he notado que estaba muy triste. El señor barón de Mounier, que le aprecia mucho, le ha escrito que vaya inmediatamente a París, porque tiene alguna esperanza de hacerle entrar.

CX