6 de enero 1820
Nada de nuevo, si no es que me ha escrito diciéndome que Alfonso ha sido bien recibido con mucha distinción entre personas de la mayor concurrencia, donde su personalidad y sus talentos produce, según la expresión de Mme. Vaux, mi hermana, un tipo de entusiasmo. Ella me cita los nombres de una multitud de personas entre las cuales he conocido sus madres en mi juventud: la princesa de Talmont, la princesa de la Tréouille, Mme. Raignecourt, la amiga de Mme. Elisabeth, Mme. de Saint-Aulaire, la duquesa de Broglie, hija de Mme. de Staël, Mme. de Montcalm, hermana del duque de Richelieu, Mme. Dolomieu a que conocí en la casa de la duquesa d'Orléans; y muchos hombres eminentes que se apresuraron a ofrecerle su amistad, a él antes tan oscuro; el joven duque de Rohan, el virtuoso M. de Montmorency, M. de Molé, M. Lainé, de quien se dice ser un gran orador, M. Villemain, discípulo de M. de Fontanes, que conoció en casa de M. Decazes, el favorito del rey, y otros más que no recuerdo. Puede decirse que es ya conocido de todo el mundo; empieza a sentirse una especie de rumor sordo precursor de la gloria. ¡Qué satisfacción para una madre ver a su hijo en el pináculo de la fama!... Estoy satisfecha de la inesperada acogida de que ha sido objeto mi hijo, pero pido a Dios antes que la gloria y los honores, que sea un hombre digno, y buen cristiano, como lo es su padre. Todo lo demás, ya lo he dicho otras veces, no es más que vanidad.
CXI
Hay aquí una interrupción: el manuscrito no continúa. Aquella pobre madre ha hecho un viaje a París. He aquí la causa. Habíanla escrito de allá, que su hijo estaba enfermo de una afección al pecho; púsose en camino la noche del 12 de febrero en compañía de su hija Susana, joven de dieciséis años, más parecida por su belleza a un ángel que a una criatura humana. En sus notas de viaje se observa ligeramente que en Chalón-sur-Saona tuvo el disgusto de encontrarse con una mascarada grotesca, en la cual todos los objetos de su devoción, esto es, la piedad, la religión, la monarquía y el pudor, estaban groseramente ridiculizados; su alma se contrajo dolorosamente bajo este que le pareció funesto augurio, presintiendo alguna catástrofe; al pasar por Auxerre, una voz salida del fondo de un coche público, gritaba con voz de trueno: «El duque de Berry ha sido asesinado». Aquella buena madre llegó a París tristemente emocionada, pero sin ver cumplidos los fatales augurios. Su hijo había entrado en el primer período de convalecencia y había sido asistido cuidadosamente por sus amigos, los cuales se hallaban a su lado en la pequeña bohardilla que le servía de habitación. Su alegría fue inmensa y pronto olvidó las malas impresiones recibidas durante el viaje, al saber que las primeras poesías de su hijo debían aparecer luego impresas en un pequeño volumen. Esas poesías le habían conquistado en poquísimo tiempo las simpatías generales y un buen nombre. M. de Talleyrand mismo, este juez desdeñoso e infalible, acababa de dar la señal de admiración. La dichosa madre recibió una carta al día siguiente de la publicación del tomo de su hijo. El diplomático decía a la princesa*** que le había proporcionado el volumen: He pasado la mayor parte de la noche leyendo. Mi insomnio es una sentencia. No soy profeta, no puedo deciros cuál será el efecto que produzca en el público, pero el público mío, que lo componen mis impresiones, y que se oculta bajo mis blancos cabellos, oigo que dice: «Aquí hay un genio». Ya tendremos ocasión de hablar más despacio.
No es esto todo; los amigos de su hijo, confirmándose en la benevolencia del aplauso público, hombres y mujeres, aprovecharon este momento de calor para abrumar a solicitudes al ministro de Negocios Extranjeros. M. Pasquier, literato también al mismo tiempo, nombró inmediatamente al joven poeta secretario de la embajada de Nápoles. M. Simeón, ministro del Interior e Instrucción pública, le remitió de parte del rey Luis XVIII una colección de los clásicos latinos de Lemaire con el lisonjero testimonio de la satisfacción de S. M., quien le concedía espontáneamente una pensión literaria, con cargo al presupuesto del fomento de la literatura; cuya pensión venía destinada a suplir en parte el pequeño sueldo que disfrutaba en la diplomacia.
La vida, la fortuna, la ambición, la gloria, y, sobre todo, el favor general, estallaron al mismo tiempo sobre aquella existencia por tanto tiempo retraída y desesperanzada. El corazón de la madre se inundó de alegría. La celebridad de su hijo, la admiración que causó en París la extraordinaria belleza de Susana, su hija idolatrada: las presentes alegrías, las halagüeñas esperanzas del porvenir y sobre todo la esperanza de que su hijo podía más adelante enlazarse con la joven inglesa, de tal manera excitaron la mano temblorosa de la madre, que durante tres meses, se observa en las páginas del diario un embriagador entusiasmo.
Estas páginas son demasiado íntimas; permita el lector que sobre ellas guarde secreto. Existe una, sin embargo, que debo hacerla pública por la extraña coincidencia profética de sus leyes, y de los sentimientos entre el destino de la madre y el del hijo.
La noche del día de Pascua de 1820, escribe ella, se sintió «como ahogada por su propia dicha y por la de sus hijos», y tuvo necesidad de ir, a la caída de la tarde, a reponer su corazón demasiado lleno de gracia y de lágrimas, a la iglesia de San Roque, donde ella iba a orar frecuentemente en los primeros años de su juventud. Entra en el templo acompañada de su hija Susana, y se arrodilla al lado de uno de los pilares de la iglesia para dar gracias a Dios por los inmensos favores que acaba de recibir. Aquellas oraciones, o mejor dicho, aquel himno que dejó escrito, surge de su diario envuelto en las últimas lágrimas de júbilo y de piedad que derramó sin duda en medio de aquel éxtasis de concentración ante Dios. ¡Todos los hijos deberían poder leer líneas parecidas, para que, observándolas, como depende de ellos, casi siempre, no amargar con desdichas, y sí llenar de felicidades, los corazones de sus madres!
CXII
De nuevo vuelve mi madre a abrir su diario, interrumpido por algunas semanas, transcurridas entre viajes y ocurrencias de géneros diversos.