Ayer nos visitaron muchos parientes y amigos; yo les agradezco muchísimo el interés y solicitud que demuestran por nosotros, pero confieso que aumentan mis penas con su presencia. Cuando quedo libre de visitas, suspiro como si jamás en este mundo me hubiese sido permitido este desahogo del corazón.

Olvido con harta frecuencia que es ésta un época de prueba. ¡Oh! yo debería ver, por la de mi Susana, cuán necesaria es la purificación de las menores faltas para ganar el cielo. Creo a veces que esta enfermedad es el purgatorio de esta pobre criatura, y si tan inocente ella me parece, y le hace falta sufrir como sufre, ¿qué será de mí? Todo es para ella mortificación y pesar; hasta el tomar alimento la molesta.

Sólo esperamos un milagro; este consuelo siempre lo tienen los que como yo creen en Dios. El día 1.º del mes próximo, celebrará el príncipe de Hohenloe el santo sacrificio de la misa a su intención y todos uniremos nuestros ruegos al suyo, que me parece ha de ser muy eficaz. ¿Conseguiremos de Dios la gracia que con fervor le pedimos?

Alfonso y su esposa están en Suiza; les he escrito que se vengan, para no estar sola y sin apoyo contra esta muerte que yo no puedo creer sin desesperarme, por más que la vea todos los días retratada en las facciones de mi querida y santa hija.

CXX

1.º de julio de 1824.

Hemos dejado ayer la casa de campo de Perrieres, que nuestros buenos amigos los Cortembert nos habían facilitado: está situada sobre la colina que domina Mâcón y el Saona.

La traslación ha sido muy penosa; sin embargo, he creído recuperar a mi hija cuando la he vuelto a ver en nuestra casa de Mâcón; la he colocado, en mi cuarto, está allí muy bien; la temperatura es agradable y por la tarde salimos un ratito al jardín. No recibo visitas, así es que, vivimos igualmente retiradas como en los Perrieres.

Nuestra misa, a la misma hora que la del príncipe de Hohenloe, ha sido edificante, pero todo me dice que no hay nada que esperar, ni de la oración misma. ¡No me atrevo a pensar cómo ha de salir de aquí este ángel, ni por qué lecho ha de trocar el que ahora ocupa!

Alfonso, su esposa y su hijita Julia acaban de llegar; me encuentro perfectamente retratada en la cara de Julia. ¡Qué dicha tan grande es la de vernos revivir y florecer de nuevo, cuando nos sentimos decrecer y perder la flor de la juventud! Es verdaderamente lo que era yo a su edad, ¡yo misma, en mi inocencia y en la apacible edad primera!