Mi Susana, que ya no es más que un ángel, ha recibido a Dios, este último lunes, con el aparato ordinario de esta santa y terrible ceremonia; yo creí que se hubiera trastornado algo, pero, por la gracia de Dios, ni se asustó, ni sufrió su semblante la menor alteración; al contrario, ha redoblado su tranquilidad y su alegría; todo el día pareció transparentarse en su mirada cierto fondo de dicha: la noche antes nos dijo: «Hablemos de mi tranquilidad; yo he hecho cuanto he podido por mi conciencia, y todo lo que he podido por mi salud. Dios hará ahora todo lo que él querrá: yo me abandono a El.»

A pesar de esto, ella no ha perdido la esperanza, y nosotros procuraremos alimentarla, porque fuera muy cruel el hacérsela perder: líbreme Dios de intentarlo siquiera. El tiempo que habrá de vivir, que sea con la mayor tranquilidad posible... Dios, que en la forma del santo viático habita en ella, dispondrá como le plazca de esta tierna planta agostada en flor.

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En medio del dolor que el estado de mi hija me proporciona, he tenido una alegría por la visita de Alfonso y su esposa, los cuales se encuentran muy bien: llegaron el jueves 29 volviendo a salir el sábado para Saint-Point. La estancia en la casa de nuevas personas, fatiga siempre a la pobre Susana, a pesar de cuantas precauciones se tomen para evitarlo.

Alfonso volvió el martes, estando con nosotros hasta ayer, y volverá el lunes nuevamente, dejándonos lo menos posible durante estos tristes instantes: su buen corazón me consuela y anima mucho.

CXXI

14 de julio de 1824.

Todo ha concluido: mi hija Susana descansa en el seno de Dios desde anteayer, jueves, a las diez de la noche; quiero, mientras me sea posible, recordar todas las circunstancias de esta muerte edificante, dulce y consoladora para los verdaderos cristianos, y terrible siempre para una pobre madre. En medio de mi acerbo dolor, de mis crueles angustias y de las escenas más tristes, Dios me concedió la gracia de una fuerza, de una resistencia y de una confianza en mí misma, que era, a buen seguro, el fruto de las oraciones que se le han hecho para nosotros, y en las que reconocí particularmente su eficacia, viendo el admirable estado de espíritu de mi pobre hija durante sus últimos momentos.

A pesar del tristísimo estado a que su cuerpo estaba reducido (de que ya hablé el otro día, aunque algo a la ligera), y a pesar de que se agravaba por momentos en su terrible enfermedad, ni una queja, ni una demostración de tristeza; nada, en fin, que pudiera causarnos pesadumbre. El domingo por la mañana, viéndola muy acabada, mandé un recado al señor cura para que se sirviese venir por la noche a visitarla, como cosa suya. Ella se alegró mucho de la visita, y viendo que yo no me movía de su lado, me dijo: «Mamá, ¿quieres que lo diga todo delante de ti? Si es que esto puede causarte pena, no estoy tan enferma que lo crea indispensable, pero me parece a mí que el sacramento de la Extremaunción es una gracia que no debemos descuidar, y que yo desearía recibir.»

Había ya ella, durante el tiempo que estuvimos en Perrieres, y sin que yo lo supiese, pedido al señor cura que no la dejase morir sin darle todos los sacramentos; el buen sacerdote aprovechose entonces de lo que ella volvía a repetirle, y después de haberle hecho entender todas las virtudes que contiene el último sacramento, fuese a buscar lo necesario para el caso y le administró la Extremaunción que ella recibió con gran fe y angelical piedad; pidió que no se dijese una palabra a su marido, que afortunadamente se encontraba fuera en aquel momento. La señorita de Lamartine y Sofía estuvieron presentes y yo escondida en un gabinete junto a la alcoba, llena de dolor y resignación. Muchas veces había pensado en este terrible momento, que creía no poder soportar; pero me encontró completamente transformada después que el sacerdote cumplió su divina misión.