Mi pobre hija estaba sonriente; yo he rogado por ella, la he exhortado, con la misma calma y tranquilidad que si se hubiese tratado de cualquier otro acto natural de la vida; ella ha preguntado por diversas personas:—¿Están enteradas?—decía. A la mañana siguiente pidió una cruz, a pesar de que había en el cuarto un crucifijo de relieve y tenía otro junto a su cama; quería tener otro en sus manos para besarlo continuamente. Encontré por fortuna un pequeño crucifijo de plata, tal como ella deseaba, y desde este momento, hasta el de su muerte, lo tuvo entre sus manos, besándolo a cada paso y elevando sus ojos al cielo; antes de tomar alguna medicina hacía la señal de la cruz y a cada instante me pedía que rogara por ella; yo decía cuantas frases piadosas Dios me inspiraba, leyendo las oraciones que me parecían más consoladoras. Tuvo grandes y continuados accesos de sofocación y fatiga, hasta el punto de que creíamos a cada paso que entraba en la agonía, pero luego transcurrían algunos intervalos en que parecía calmada y consolada por la oración. Los tres últimos días los pasamos en continuo sobresalto, y por la noche descansábamos un poco, porque yo la dejaba entre ocho y nueve con una asistenta que se acostaba en su propio cuarto, y una criada que quiero como una hija; hace ya más de veinte años que está en la casa y duerme en un cuartito junto a la alcoba; tanto Sofía como yo, nos levantábamos varias veces cada noche para ver cómo estaba y cómo seguía; siempre la encontrábamos esperanzada y jamás hablaba de su hijo; estoy segurísima de que ha obrado así sacrificándose. La víspera de su muerte dijo a su marido: «¡Ay, esposo mío! ¡qué felices son los que se encuentran como yo me encuentro, habiendo hecho todo lo que se puede hacer para la paz del alma! ¿Harás tú lo mismo, si tienes que sufrir una larga enfermedad como yo?» Y luego ha dicho con mayor fuerza: «Me lo prometes, ¿no es cierto?»
La víspera de su muerte recibió las últimas oraciones que la iglesia da a los moribundos. ¡Ay! yo le he dado las mías todas las noches desde el lunes al jueves. Me figuraba yo que cada hora que se iba pasando era la última, y cuando llegaba la noche, que había ganado todas las transcurridas creyendo que podía amenguar mi inquietud para una noche más. El jueves por la mañana, había aumentado notablemente la opresión, fue necesario cambiarle la cama; era esto una cosa que se hacía lo menos posible, por el peligro del cansancio que forzosamente le había de producir y por evitarle los desmayos.
Mi pobre Sofía dirigía la operación con una paciencia, una destreza y una dulzura que conservó siempre igual durante toda la enfermedad de su hermana. ¡Oh! Dios la bendecirá indudablemente por todos los cuidados que le ha prodigado. Durante este día, le daban a la pobre enferma frecuentes desmayos; me había dicho por la mañana: «He soñado cosas harto dolorosas para vos, ¿estabais bien?» Le contesté que sí y le apregunté qué era lo que había soñado: «Cosas bastante desagradables...» y no pudo decir otra cosa.
Vino el señor cura y le dijo ella en voz baja: «Comprendo que deseo la muerte más de lo que debiera, porque me siento perfectamente preparada y llena de fe, como no creo poder estarlo nunca más; si mi vida se prolonga, tendré que volver a empezar estos preparativos y temo... ¿Será pereza, señor cura? ¿me perdonará Dios estos deseos?»
Alfonso estuvo solo con ella unos instantes, después que nosotras, y procuraba disimular sus lágrimas y la emoción de su voz; ella le dijo algunas palabras, y le tendió la mano; luego bendijo desde su lecho, pero sin verle, a su tierno hijo. ¡Ah! que se le eduque—dijo la pobre,—en la fe que me ha de volver todos los seres de quienes, sin ella, no podría separarme tranquila.
No puedo expresar el efecto que producían en mis ojos, los de la pobre enferma cuando nuestras miradas se encontraban; parecíame que veía aclararse de súbito aquella figura, antes radiante de vida, y ahora completamente cambiada.
Algunos ratos, los pasaba yo rogando en alta voz junto a su lecho: su hermano, arrodillado en el umbral de la puerta, parecía escuchar el rezo. ¡Qué espectáculo más triste el que presentaba aquella habitación!
A eso de las siete, empezaron a prolongarse los desvanecimientos, luego pareció como que quisiera descansar; yo me acosté para aprovechar algunos momentos de reposo, que bien lo necesitaba después de tan continuos desvelos; a los pocos minutos me desperté al ruido de una violenta tempestad; corrí a escuchar junto a la puerta de la alcoba, no atreviéndome a abrir, por miedo de turbar el sueño a Susana; feliciteme de que la tempestad no la hubiese despertado; a las cuatro de la madrugada volví a escuchar otra vez; el mismo silencio e igual tranquilidad; hice entonces un poco de ruido para que alguien notara mi presencia y me preguntaran alguna cosa; así sucedió en efecto; una de las sirvientas se acercó a mí diciéndome: «Susana ha pasado la noche con la mayor tranquilidad, en este momento descansa y no necesita nada...» ¡Ah! triste de mí: ¡efectivamente que descansaba y no necesitaba de cuidados! Yo interpreté literalmente las palabras de la sirvienta y me acosté relativamente tranquila.
A las cinco de la mañana, no pude permanecer en el lecho y me levanté a impulsos de un fúnebre presentimiento; entré en el cuarto sin que se apercibieran, y vi a la pobre muchacha de que antes hablé (Filiberta), de rodillas al pie del lecho de muerte. Sin poder convencerme de la verdad llegué a creer que estaba orando por habérselo así pedido la enferma; pero Sofía y Alfonso me arrancaron amorosamente de la estancia, y desvaneciéndose mi estupor, comprendí entonces que todo había concluido.
Se llevaron de allí a su desconsolado esposo, incapaz de sobrellevar el peso del dolor. Yo corrí a abrazar, en su cuna, a su pobre hijo Carlos, que estaba durmiendo apaciblemente, bien ajeno de comprender que acababa de experimentar una pérdida que algún día sentirá de todo corazón.