Alfonso quedó solo en la casa, para cuidar de que se cumpliesen los últimos deberes para con su hermana.

La sirvienta Filiberta me contó después lo sucedido en aquella noche fatal. Los últimos momentos, decía, fueron tan dulces como apacibles; no sufrió un solo minuto de agonía; algunos instantes después de haberme yo retirado, dijo a la asistenta: «¿Por qué no os acostáis?» Ella entonces hizo ver que la complacía, ocultándose detrás de la cama; desde allí pudo observar perfectamente cómo besaba Susana el pequeño crucifijo; luego oyó algunos suspiros, más profundos que los anteriores; fueron los últimos... Serían como las diez, pero las sirvientas acordaron no decir nada en toda la noche, puesto que la pobre Susana ya para nada necesitaba nuestros consuelos, estando, como debía estar, en la mansión de los justos.

Más de un año hacía que esperaba un fatal desenlace, y por eso mi dolor no ha resultado tan acerbo. Ahora ya no lloro; es verdad que me encuentro bajo el atontamiento de los primeros momentos, en los cuales no se siente el golpe, por lo fuerte que resulta. ¡Dios mío! ¡Llevadme también a vuestro seno, yo no quiero vivir sino para este cielo que yo enseñé a mis hijas, desde el cual me están llamando, y en que me introducirán cuando llegue mi hora! ¡Ay! ¡las familias, acá en el suelo, se forman y deshacen, pero se reúnen después para siempre en el centro común donde mora Dios!

Guardo el pequeño crucifijo que tuvo en sus manos últimamente y recibió sus postreros besos; yo venero y beso de continuo esta santa reliquia, que llevaré conmigo hasta la huesa.

Estoy en Saint-Point, en casa de mi hijo; leemos en familia, a Fenelón: dado el estado de nuestros espíritus, no pueden leerse otros libros que los que hablan de lo divino; todos los demás resultan vanos e insuficientes... ¿Qué haría yo sin mi Sofía? (su última hija). Ella se afana para llenar el vacío que han dejado las que se fueron.

Efecto de las separaciones de algunos miembros de la familia y por la quebrantada salud de mi padre, hay una larga interrupción en el diario.

CXXII

Martes, 4 de diciembre de 1824.

Alfonso ha vuelto de París, sin haber conseguido ser nombrado miembro de la Academia Francesa; ha sido elegido en su lugar M. Droz. Estoy disgustada conmigo misma por haber animado a mi hijo a que se presentase, y lo estoy aún mucho más por mi marido, quien daba grandísima importancia a este suceso; en fin, Dios y los hombres no lo han querido; es preciso aceptar ese desencanto sin acritud ni murmuraciones; por más sensible que ello sea, no puede compararse a otras desgracias que se incrustan en el corazón para no separarse jamás.

CXXIII