18 septiembre de 1825.

Hoy han salido mis hijos para Italia, donde fijarán su residencia. ¡Ay! ¡cuán sola he quedado en este retiro de Saint-Point! No puedo adivinar cuánto tiempo durará esta situación.

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Ya estamos en la ciudad; no pudiendo dedicarse a la caza, mi marido no está bien en el campo. Estoy muy disgustada, pero en medio de mi tristeza me encuentro aquí mejor; Nicole me acompaña por la mañana; sus «Ensayos de moral» me llegan directamente al alma, y por las noches leo a Mme. de Sevigné, mi confidente favorita; después... pienso mucho en los ausentes. ¡Ay! ¡y en los muertos que no volverán!

Ayer recibí una visita del excelente, amable y resignado M. de X... Aquél que tanto hubiera deseado casarse con Cesarina. No hemos hablado de nada, puede decirse, pero su sola presencia y su ternura expresaban muchísimo; he llorado mucho; todas aquellas personas, todos aquellos objetos que amaron o fueron amados por mis hijos, despiertan en mi corazón recuerdos de tristeza. ¡Triste de mí!... esta época tan lúgubre de mi vida la lloraré siempre, ¿no habrá para mí consuelo? creo que sí; y hasta tengo la certeza absoluta de volver a ver a los seres queridos que murieron para este mundo. ¡Qué dicha la de poseer una fe como la mía! Aun cuando la religión no nos diera más que esta fe en el renacimiento del pasado, deberíamos bendecir a ella y a su fundador. ¡Y quién no tiene en este mundo seres queridos que espera ver en el otro!

CXXVII

24 octubre de 1825.

Me encuentro sola en la casa, arreglándolo todo y disponiendo su cierre. Ayer salieron todos para la ciudad acompañando a mi esposo. He ido a Saint-Point, montada en una mula, y acompañada del jardinero, al objeto de arreglar y ordenar los libros, los naranjos y las macetas de flores que mi nuera Mariana me recomendó muy especialmente al partir para Italia. He estado detenida por las lluvias en este viejo, querido y desierto castillo, y admirablemente servida por María Litaud, una santa mujer que está encargada de gobernar la casa durante la ausencia de sus dueños. Creo que hice su felicidad cediéndola a mi hijo. Aquí me encuentro, junto a la iglesia que tanto adoro por los muchos recuerdos de las oraciones que he dirigido a Dios bajo su bóveda, en compañía de mis pequeñitas (que están en el cielo), cuando veníamos a rogar en ella todas las noches; estoy también rodeada de libros, demasiado tal vez. Gozo en este silencio y en esta soledad junto a la gran chimenea del salón, y allí me recojo, abstraída en los dulces pensamientos de la eternidad, antes de sumergirme de nuevo en el movimiento y las vanidades del mundo. He tenido muy buenas noticias de Florencia, en donde se ha establecido mi hijo con su esposa. Cuantas reformas hicieron aquí me parecen muy bien; han convertido esto en una especie de casa de retiro para su vejez, donde vivirán recordando nuestra existencia en estos lugares. En un artículo escrito por Mme. de Genlis, he visto que esta escritora atacaba vivamente las poesías de mi hijo: es esto una guerra hereditaria de familia a familia; Mme. de Genlis y mi madre representaban dos tendencias opuestas en el Palacio de Orleans. Estas heridas a la fama de mi hijo me han sido bastante dolorosas; yo hubiera querido que él replicara; esto era natural en la vanidad materna, pero prefirió aceptar el ataque sin manifestarse resentido. ¿De qué serviría entonces la caridad si no se perdonaran siquiera semejantes ofensas? ¿para quién deseará ella la superioridad en todo? ¿para sí o para sus hijos? Si uno la tiene, el deber está en no darle importancia, y si no se tiene, está el deber en no envidiársela a los demás; los dones de Dios son gracias, pero no méritos. Habré de acostumbrarme a los denigrantes ataques que ciertos periódicos, especialmente los orleanistas y bonapartistas, dirigen a Alfonso. Creo que tengo demasiado amor propio colocado sobre su cabeza, que puede no ser sino un disfraz del mío; pero soy su madre, y justo será que me lo perdone.

CXXVIII

1.º de febrero de 1826.