No puedo dedicar mucho tiempo a escribir, porque los cuidados de los pobres, durante este frío invierno, me absorben la mayor parle del tiempo; además de esto, me han encargado de la presidencia de la junta de caridad establecida en esta población; no me es posible cumplir con exactitud mis obligaciones a pesar del auxilio que para ello me presta Mme. de Villeneuve, la esposa del Gobernador de la provincia, joven muy amable, a quien considero como si fuese una hija; yo no sé por qué las jóvenes sienten por mí tanta predilección; será sin duda porque yo, acostumbrada a amar a mis hijas, siento una ternura grande dentro de mi corazón y una inclinación irresistible hacia las jóvenes con quienes tengo tratos. Mme. de Villeneuve me ha pintado unas elegantes pantallas de chimenea, dibujando en cada una, la vista de diferentes casas o castillos habitados por Mme. de Sevigné; esta buena señora es para mí la abuela del corazón y del espíritu; Mme. de Villeneuve ha creído que estos recuerdos serían a mis ojos una especie de ilustración de las obras que practico continuamente en cumplimiento del deber que la caridad me impone. ¡Qué buena y dulce es la caridad! Ella parece que nos aproxima, insensible y dulcemente, al trono donde el Altísimo tiene su asiento.

CXXIX

27 de abril de 1826.

Mi cuñado, el abate Lamartine, ha muerto; hacía bastante tiempo que su vida era una prolongada espera de este momento. Espero que Dios habrá sido misericordioso para el hombre que tanto lo había sido para su prójimo. Fue lanzado contra su voluntad a la carrera eclesiástica, hacia la cual no sentía la menor disposición, y se concretó a vivir solitario en su magnífica finca de Montculot, la cual ha quedado propiedad de Alfonso, con la obligación de entregar cierta cantidad a la hermana del difunto y pasar una pensión a mi esposo. Le he escrito para que mande poderes para tomar posesión, en su nombre, de aquella magnífica casa y de las tierras que la circundan.

CXXX

24 de mayo de 1826.

Tengo una pena grande, por el triste contratiempo que ha ocasionado a Alfonso un fragmento de su poema «Childe Harold», relativo a Italia. Ha sido mi hijo gravemente herido en desafío con el coronel Hugo; ¡tiemblo tanto por su alma como por su vida! yo no sé quién tendrá razón de entre los dos, pero a los ojos de Dios ambos son culpables; procuraré que Alfonso se arrepienta de la falta cometida; la vida sólo Dios puede quitarla y, es un pecado gravísimo el que los hombres cometen cuando atentan a ella. Se me objetará que el honor es preferible a la vida, pero no somos los humanos quienes podemos juzgar estos asuntos.

*
* *

He tenido nuevas noticias de Alfonso que me anuncian su restablecimiento: dicen que está escribiendo unas poesías muy religiosas y que las titula «Armonías», de las cuales me han remitido algunos trozos manuscritos que he leído con sumo agrado. ¡Ah! este es el uso que yo quisiera que se hiciese siempre del talento, divino como su Creador, cuando se eleva hacia El.

CXXXI