El último domingo, a las once de la mañana, ha muerto mi cuñado, el jefe de la familia Lamartine, a los ochenta años de edad. Su hermana y yo hemos recibido su último suspiro: hasta este momento ha conservado clara su poderosa inteligencia. Su muerte ha sido muy sentida en toda la comarca; era un hombre de talento e ilustración superiores; poseía conocimientos casi universales; su conversación era prodigiosamente interesante y vasta; durante toda su vida fue, puede decirse, el rey de la familia y de esta provincia. Había sido oficial de caballería del rey Luis XV, durante los primeros años de su juventud; su delicada salud le llevó nuevamente a Mâcón, donde se puso al frente de la administración del tan importante como enredado patrimonio de mi padre político, el cual radicaba entre Borgoña y el Franco Condado. Se le tenía como una especie de oráculo: la comarca entera consultábale todo los asuntos, hasta los más íntimos.
Había estado en relación con todos los hombres eminentes de la Asamblea Constituyente, de la ciencia y de la literatura: M. de Buffon, Mirabeau, los economistas y los filósofos. El ocupaba aquí una buena posición y vivía en compañía de sus hermanas, solteras también: ha legado su finca de Saint-Pierre indivisa a Alfonso y a Cecilia, su sobrina Mme. de Cessia; y sus bellas tierras de Monceau a su hermana la señorita de Lamartine, quien, a su muerte, las deja a Alfonso. Nadie resolvía nunca nada en la familia sin él o después de haber dado él su opinión.
Este imperio absoluto sobre la familia, había frecuentemente contrariado mis intenciones, ocasionándome bastantes disgustos; recuerdo los que sufrí cuando el casamiento de mis hijas y al determinar la carrera que habíamos de dar a Alfonso. ¿Quién sabe, si al contrariar mi voluntad tenía razón? Yo opino que sí: en fin, gracias a Dios, todo ha terminado felizmente para todos: acaso de aquella oposición que entonces se hacía a mis proyectos, ha resultado el buen acierto que hemos tenido en su realización.
La hermana de mi cuñado ha quedado muy rica, aunque realmente de nada le sirven las riquezas, porque no disfruta de ellas y las reparte entre los pobres: es la santa más delicada de la tierra que he conocido jamás; no tiene nada en su santidad que moleste ni perjudique a nadie; su piedad, cuando sale de la iglesia o de su oratorio, donde pasa la vida, se convierte toda en dulzura y bondad; tiene la sonrisa de los ángeles en la boca y una transparencia celestial en la mirada; es demasiado escrupulosa para sí misma: no lo fía todo a la generosidad divina y derrama la limosna a manos llenas; las gentes la bendicen y la aclaman como santa.
Los preliminares para la boda de Sofía se han realizado; M. de Morangies, nuestro vecino y pariente a la vez por parte de su esposa, es quien nos ha presentado la demanda y el joven pretendiente.
No me ha desagradado su aspecto modesto y reflexivo, y su porte exquisito, delicado y admirable de todo punto. Creo que es uno de esos hombres rarísimos, que manifiestan a primera vista la seguridad de la dicha que han de proporcionar a su esposa, pero ¡ay! se llevará a mi Sofía muy lejos de nosotros y no vendrán a pasar en nuestra compañía más que seis meses del año. ¿Qué va a ser de mí, sin esta criatura que me quedaba como sombra de todas las demás? Ella, cándida como a los ocho años, y espiritual como a los sesenta; era mi consejera y mi confidente para todo; creo que la costumbre de tener con ella el corazón abierto, ha apresurado su gran madurez de juicio; en cuanto a su piedad, es todo un ángel y sólo temo el exceso, si es que puede llegar a serlo más; parece una madre de familia; no me cabe duda de que, si tiene hijos, los hará hombres de provecho.
CXXXIV
13 de enero de 1828.
¿Hasta cuándo continuaré escribiendo en este libro? Sólo Dios lo sabe. Comprendo que, a pesar de mis años, tengo sobre la tierra deseos y pasiones, y esto me aflige; mi corazón, sin embargo, es de Dios, a quien diariamente suplico se apiade de mí.
El estado actual de Francia me horroriza: los periódicos avivan el voraz incendio, que existe no solamente en la opinión sino en los corazones. Hemos tenido aquí grandes luchas con motivo de las elecciones entre M. Rambuteau y M. Doria; Dios no puede gustar de estos hechos en que se calumnian los hombres mutuamente. M. de Villele ha sido arrojado del ministerio; todo el mundo se encarniza contra la religión, que es mi único cuidado político. No me agrada por ningún estilo esta continua guerra de invectiva entre los periódicos de distintos partidos. ¿Cómo se comprende esta libertad sin límites que la prensa disfruta y que se dice es una necesidad del gobierno constitucional? Yo temo que este gobierno, del cual esperábamos tanto, no produzca más que tempestades, hasta dentro de las mismas familias; es muy frecuente que el espíritu de los hombres, antes que el espíritu de Dios, sea el que sople en estos desgraciados tiempos. Dentro de este sistema de gobierno no se observa más que vanidad, egoísmo, y deseos de realizar actos que tengan mucha resonancia, sean éstos del género que quiera.