M. de la Maisonfort, ministro del rey en Florencia, ha muerto en Lyón de vuelta de Toscana. M. de Vitrolles ha sido nombrado en su lugar; se cree que no irá hasta pasado mucho tiempo a ocupar su puesto; esto va a detener indefinidamente a Alfonso en Italia. Sofía, mi consuelo, mi sociedad única, mi hija querida, marcha este invierno a Mende. ¡Triste de mí!... Mi pobre marido está cada día más delicado, puesto que su dolorosa enfermedad va progresando; yo me consagro completamente a él, procurando hacerle olvidar el tiempo, como quisiera olvidarlo yo también, hasta que vuelva mi hijo de Italia. Se habla de nombrarle ministro de Francia, no sé dónde; ¿qué me va a suceder si es su alejamiento un destierro sin fin? ¡Qué triste es el ocaso de la vida, después de una continuada existencia de temores! ¿Dónde me refugiaré yo, si no es en la oración, que me calma siempre, como la conversación de un buen amigo justo, poderoso y sabio? ¡Ah! ¡qué felices son aquellos que creen en esta comunicación sensible de la criatura con el Creador del Universo!

CXXXV

15 abril de 1828.

Desde esta mañana me encuentro en Milly, pero por breves momentos. Siempre que estoy aquí me hallo dispuesta a escribir algunos párrafos en este diario, descuidado por tanto tiempo, y que ya tenía casi abandonado. Ya no tiene para mí el interés de otros tiempos, ni para continuarlo ni para leerlo de nuevo. Los acontecimientos consignados en él se van alejando, todo huye volando: a medida que vamos envejeciendo, vamos penetrándonos de la vanidad de todo y tenemos, por lo tanto, menos interés en conservar los recuerdos. Ya no me interesan sino los que pertenecen puramente al corazón, y éstos no hay necesidad de consignarlos. No obstante, aun quedan algunas épocas que quiero ir marcando debidamente: servirán más bien para mis hijos que para mí. Las últimas de ellas, las que pueden conducir a la felicidad celeste, no pueden descuidarse. Voy convenciéndome cada día más de que he entrado en la vejez, a pesar de que no falta quien me diga que no se apercibe de ello, y que estoy conservada como a los treinta años; pero «crecen los hombres tras de mí», como dice Virgilio, a quien estoy leyendo esta noche en un libro traducido por Boisgermain.

CXXXVI

15 septiembre de 1828.

Mi hijo Alfonso está conmigo; el miércoles 10 del mes corriente llegó aquí, acompañado de su esposa, su madre política y su encantadora pequeñuela, rebosando todos salud y alegría. ¡Gracias mil sean dadas a Dios! Alfonso está, sin embargo, muy flaco, y esto me mortifica, pero es preciso que me acostumbre a ello. He estado muy contenta, muy conmovida y muy ocupada, y a mi edad las grandes agitaciones, sean de alegría o de pena, resultan peligrosas para la salud, ya quebrantada naturalmente; sin embargo, como es necesario conformarse y buscar consuelo, éste se encuentra con facilidad cuando el corazón está contento, lo cual ciertamente es algo difícil en este mundo; a pesar de esto, no me faltan motivos para estar disgustada.

No se puede imaginar una criatura más bonita, alegre e inteligente en todo (con relación a su edad), que mi nieta Julia; es un verdadero tesoro; está perfectamente educada. Su madre va siendo cada día más perfecta, sin la menor afectación, va llenando todos sus deberes religiosos; ha cultivado también mucho su talento y pinta perfectamente; nos ha traído algunas pinturas bellísimas; entre otras, varias que representan fielmente la fisonomía de Julia.

CXXXVII

Milly, 3 octubre de 1828.