ALMAFUERTE

Discurso pronunciado por el Dr. Alfredo L. Palacios,
en el teatro Colón de Buenos Aires, con motivo
del homenaje al poeta.

Cuando un gran poeta se va, el corazón del pueblo sufre desgarramientos dolorosos. Es que los poetas son sacerdotes del misterio y del infinito que penetran en lo más hondo de las cosas y nos revelan la belleza. En pugna con los ritos consagrados y la estrechez del dogma que asfixia, tienen la amplitud del profeta.

Son los poseedores del entusiasmo y de la esperanza, de la esperanza, que, no obstante tener alas, se quedó entre nosotros, porque amaba a los hombres. Esperar es amar, dijo Guyau, el poeta filósofo, y amar es saber esperar al lado de los que sufren.

El poeta es vidente, y por eso conduce y libera los pueblos; canta sus glorias, sus dolores y sus misteriosos anhelos de ascensión.

Cuenta Plutarco que los vencedores de los atenienses ante Siracusa perdonaban la vida a todos cuantos podían repetirles los versos de Eurípides...

Y muchos siglos después, cuando la barbarie turca dió un zarpazo a Grecia, el divino Homero, el rudo y genial Esquilo, Sófocles, Píndaro, desde las profundidades de la historia, armaron caballero de la libertad a Byron.

Entre los hombres, los que están más altos son los poetas. Menester es que así sea, porque ellos son los vigías y marcan el derrotero...