Si miramos hacia Bélgica, desgarrada, aparece Verhaeren como si no hubiera muerto y que, cual un profeta que anuncia y guía le dice al hombre:
Sube más alto, más alto:
Todo el goce está en el vuelo.
En la sagrada Francia, Rostand, que espiritualiza la vida, dando así lo que no pueden dar los fusiles y los cañones: la abnegación y la capacidad de sacrificio.
En Italia, D'Annunzio; en Inglaterra, Rudyard Kipling, que exaltan la nacionalidad.
En Portugal, Guerra Junqueiro, vehemente y agresivo con los poderosos y manso con los pequeños. «Mejor es abajar el espíritu con los humildes que partir despojos con los soberbios», dice el sabio hebreo.
En el Norte de América, de donde llega un ruido ensordecedor de máquinas, Walt Whitman, el hijo de Manhattan, bardo de la democracia que canta el himno de la expansión y del orgullo, y que no se desvanecerá—él lo dijo—como el círculo de fuego que un niño traza en la noche con un tizón ardiente.
En el Sur de América, donde crecen los cachorros del noble león hispano, Rubén Darío, admirable artífice, que innova la forma poética, libertador del arte, del ritmo y de la rima, que va hacia el porvenir, «siempre bajo el divino imperio de la música, música de las ideas, música del verbo». Rubén Darío, que en «Prosas profanas» permanece ajeno a la vida, a la solidaridad social, al grito de pasión que se escapa del alma de los torturados y que sólo ama la serenidad, la línea impecable, el refinamiento en la expresión, pero que evoluciona para ser más humano, en «Cantos de vida y esperanza,» donde dice:
La torre de marfil tentó mi anhelo.
Quise encerrarme dentro de mí mismo
Y tuve hambre de espacio y sed de cielo
Desde las sombras de mi propio abismo.
Y frente a Rubén Darío, Almafuerte, el cantor del hombre.