Las suaves transiciones de un estado de alma a otro no las expresa su verso, que gusta de la antítesis violenta. Una delicada nota musical, el perfume de una flor, un matiz tenue de sentimiento no hacen vibrar su lira; su voz es la voz de la tempestad. Penetra en el alma de sus hermanos y los conmueve varonilmente, canta las ansiedades, las tristezas, los dolores; plantea los grandes problemas humanos con una sed infinita de justicia; muestra la necesidad de sobrepasar la naturaleza visible; se encara con Dios, dialoga con él y le increpa. Sale de su egoísmo para vivir la vida de todos.

Y marcha impulsado por un hondo sentimiento metafísico que no destruirán las religiones agonizantes. Sintetiza en su alma todas las tristezas, todos los anhelos, agitando el mundo con sus imprecaciones, con sus blasfemias, y, lejos de detenerse, aniquilado por la desesperación del pesimismo, avanza siempre, levantando en alto una luz que no se apaga, porque le alienta la esperanza.

En su alma se desborda la pasión. Hay gritos de dolor y de ira, en los que no ven belleza, por incomprensión, los artistas que sólo aman lo límpido, lo sereno...

Era bello Jesús cuando seducía a las gentes, predicando a orillas del lago de Capharnaum; había una gran serenidad en su alma, una gran dulzura en sus ojos, y la blanca túnica de los esenios caía en graciosos pliegues sobre su cuerpo delicado que parecía hecho de azucenas.

Pero era más hermoso el Hombre de Galilea cuando entró, lleno de violencia, en el Templo, con el fuego de los profetas en la pupila, la cabellera suelta, en desorden la túnica agitada por un viento de pasión, y empuñando el látigo echó fuera a todos los que vendían y compraban en el Templo, diciéndoles: «Escrito está: mi casa, casa de oración será llamada, mas vosotros cueva de ladrones la habéis hecho».

Almafuerte no es el buen monje artífice de la frase dannunziana; es el gran espíritu de amplitud humana y generosa, que no puede entender a Teófilo Gautier cuando éste, colocándose en el mirador del arte, encuentra preferible una magnífica pantera a un hombre.

Nuestro poeta, para quien la belleza no está sólo en la apariencia, y que la busca al escrutar las almas, como contestando al artista, nos dice en un admirable soneto que, si en vez de las estúpidas panteras, encerrasen en la frágil jaula dos flacos mocetones, no permanecerían en el pajar sin esperanza, sino que pensativos, graves,

No como el tigre sanguinario y maula,
Escrutarían palmo a palmo su jaula
Buscando las rendijas, no las llaves.

Sólo siente el Hombre, el espíritu del Hombre; ni admira ni ama la naturaleza, que carece de voluntad y de amor y que permanece indiferente ante las lágrimas de los humanos. El rayo va sin pensamiento; los mundos giran sin dolor y todo esto lo expresa en versos lapidarios, donde la idea se ha transformado en sentimiento.