Ve pasar el Universo, y sus maravillas, los astros, la luz, las flores, todo le deja inconmovible, y dice:

Yo no siento más vida que la del hombre.
Ni Wagner ni Rossini me dicen nada.
Pero si por acaso gime un gemido
¡Me traspasa las carnes como una espada!

Toda su sensibilidad es para el dolor de los hombres, y por eso llega en su incomprensión musical a la más absoluta indiferencia escuchando el canto de la forja de «Siegfried» o la novena sinfonía de Beethoven, tan impregnada de sentimiento, y donde hay también como en los versos del poeta, un gran anhelo de ascensión.

¿Qué importa que el preludio del tercer acto de «Tristán e Isolda» exprese admirablemente el dolor universal, si el poeta no puede sentir la música, porque no hay espacio en su alma sino para las lágrimas de los hombres?

Ni Wagner, ni Rossini, ni Beethoven le dicen nada, pero ¡el gemido del hombre! ¡ah! ¡si gime un gemido, entonces le traspasará las carnes como una espada!

Nadie amó a los hombres, después de Jesús y el de Asís, como Almafuerte.

Zarathustra, viviendo en la soledad, observó que sus sentimientos variaban y que necesitaba manos que se alargaran hacia él. Quiso dar y repartir; era una copa que se desbordaba. Díjole al anciano del bosque: «Amo a los hombres», y llevó su fuego a los valles. Sólo encontró un cadáver, y después de sepultarlo, resolvió no volver hablar al pueblo nunca; quiso unirse a los creadores, a los que cosechan y se regocijan; su canto fué para los solitarios.

Nietzsche, pensador del grupo stirneano, anunciaba que la especie humana debe ser superada; que vendrá el Superhombre. También el Poeta, en sus versos de bronce, cuando dice:

La perfección en sí del cuadrumano
Tal vez hubiese suprimido al hombre.
El que vendrá después, el Prometido,
Sólo será un cerebro con dos alas.