Pero Nietzsche se aparta del pueblo y crea una moral para el hombre fuerte, para el amo. Ya Juan Gaspar Smith, que parte del principio de que la humanidad está basada en el egoísmo y cuya filosofía malsana se ha pretendido erróneamente encontrar en la obra de nuestro poeta, decía que no hay otra alternativa que vencer o ser vencido. El vencedor será el amo, el vencido será el esclavo; el uno gozará de la soberanía y de los derechos del señor; el otro cumplirá lleno de respeto sus deberes de súbdito.
Ahí la negación del pensamiento de Almafuerte. Ni Max Stirner, ni Nietzsche. El poeta es hermano de Jesús y de los «vigías de Israel» y por eso lejos de fulminar a los débiles, les ama. Sabe que ser débil no puede constituir una tara, sino en las regiones subalternas de la fauna inferior.
En «El Misionero» llama hacia sí a los caídos, a la recua inmensa, hija del llanto, a la canalla vil y le dice:
«¡Sólo quiero saber que soy tu hermano!»
Y la ama profunda, sinceramente, aun sabiendo que son hechas por ella las más hondas heridas de su alma; tiene los brazos abiertos como para un abrazo inmenso. Este Zarathustra que también baja de la montaña, llevando su fuego a los valles, esta copa que se desborda, no se aparta de los hombres para entonar su canto a los solitarios.
Tiene más fe; es una voluntad más soberana y así le dice a su chusma, entregándose todo entero.
«Pise sobre mi cuerpo, no perdone,
Toda la sociedad, pise y apriete;
No habrá de conseguir que le respete
Ni logrará jamás que te abandone.»
El poeta es de filiación judaica; viene directamente de la Biblia y toda su obra está impregnada del espíritu de Israel.
El pueblo judío fué el primero en escuchar la reclamación de los pobres. Nos dice Renán que Grecia fundadora del humanismo racional y progresivo, tuvo un claro en el círculo de su actividad intelectual y moral: despreció a los humildes. Israel suplió ese defecto del espíritu helénico. Los profetas proclamaron la justicia social y el amor a los pobres.