¡Sí! La virtud, las leyes, el derecho,
La religión, la libertad, la patria,
La tradición gloriosa de los pueblos,
La consigna inviolable de las razas,
Y todo lo que da calor y vida
A ese artefacto rígido que llaman
El universo tuyo, son apenas
Un sueño, una mentira, una palabra;
Una cosa que suena como un disco
Chocando sobre el mármol de una escala,
Una cosa que está como una piedra
Descendiendo veloz por la montaña;
¡Una boca que grita y que no habla!
VIII
Y la doblez, la astucia, la codicia;
La vileza del sable que amenaza;
La insidia ruín que a la virtud deshonra
Y a las turbas conturba y maniata;
La evidencia del mal, su negro imperio
Sojuzgando las cosas y las almas,
Cual si fuera la torpe levadura
Que lleva la creación en sus entrañas,
La genésica fuerza incontrastable,
El fiat inicial del protoplasma,—
Ésas son la verdad, Dios de los pueblos,
A cuyos pies la humanidad se arrastra
Como van los rebaños trashumantes
Hacia donde los vientos los arrebatan,
Los pluviales arroyos a los ríos,
¡Y a las aguas del mar todas las aguas!
IX
Ésas son la verdad, Dios providente,
Que todo lo precaves y lo mandas,
Arquitecto invisible, que dispones
La orientación del pórtico y su fábrica,
Poderoso caudillo que presides
La instrucción del soldado y la batalla,
¡Tragediante inmortal que verificas
La negra intriga de tus propios dramas!
Ésas son la verdad Dios de justicia,
Y cuyo tribunal siempre me llama,
Que has hecho del placer el ancho cauce
Que conduce a la muerte o la nostalgia;
Que has dejado indefensa a la gacela
Armando al lobo de potentes garras;
Que has dividido el mundo de los hombres,
En los más, que padecen y trabajan,
Y en los menos, que gozan y que cumplen
La misión de guiar la recua humana,
Que más grandes son cuando más mienten,
¡Que más nobles son cuando más matan!...
¿Dónde estás Jehová? ¿Dónde te ocultas
Que así me dejas blasfemar y callas,
Mi rebelión airada no sofrenas,
Mi pequeñez pomposa no anonadas,
Mi razón deleznable no enloqueces,
Y esta lengua de arpía no me arrancas,
Y esta lengua de arpía no derribas
Y la haces cual fruto de una rama?
X
Los que sabéis de amor,—de amor excelso,
Que recorre la arteria y la dilata,
Que reside en el pecho y lo ennoblece,
Que palpita en el ser y lo agiganta;
Los que sabéis de amor, nobles mancebos,
Fuertes, briosos, púdicos, sin mancha,
Que recién penetráis en el santuario
De la fecunda pubertad sagrada;
Vosotros,—Sí, vosotros ¡oh! mancebos
Que todavía honráis a vuestras madres,
Circuyendo de besos y de lágrimas
El augusto recinto de sus frentes,
¡La espléndida corona de sus canas!
Volved los rostros a la reina ilustre
Que prostituida por los viejos, pasa,
Y si al poner los ojos en los suyos,
Ojos de diosa que del polvo no alza,
No sentís el dolor que a los varones
Ante el dolor de la mujer ataca;
Si al contemplar su seno desceñido,
Seno de virgen que el rubor abrasa,
No sentís el torrente de la sangre
Que inunda el rostro en borbollón de grana;
Si al escuchar sus ayes angustiosos,
No sentís una fuerza prodigiosa
Que os impele a la lucha y la venganza;
¡Arrancaos a puñados, de los rostros,
Las mal nacidas juveniles barbas,
Y dejad escoltar a vuestras novias
La Sombra de la Patria!