III
Yo la siento gemir, y me parece
Que la bóveda azul se desencaja,
Cual si fuera una ruina miserable
Que Saturno esparciese con sus alas.
Cual si fuera una cúpula proterva
¡Que derrumbase Dios, bajo sus plantas!
Yo la siento gemir, y el océano
Y la selva, y las cumbres y la pampa,
Y la nube y las estrellas
Y todo lo insensible y sin entrañas,
Me parece que sienten, me parece
¡Que asumen voz y proporción humana!
Me parece que vienen y se postran
Sobre la regia púrpura de mi alma,
Y la súplica ardiente de las cosas
En miserere trágico levantan.
IV
Yo la siento cruzar ante mis ojos
Y es una estrella muerta la que pasa,
Dejando en pos de su fulgor, la sombra,
Porque en pos de su luz, ¡reina la nada!
Yo la siento cruzar ante mis ojos
Y la pupila tras de sí me arranca,
Cual si su imagen desgreñada y torva,
En vez de su visión, ¡fuese una garra!
Yo la siento cruzar ante mis ojos
En aterrante procesión fantástica,
De biblias del deber que ya no enseñan,
De apóstoles del bien que ya no hablan,
De laureles de honor que ya no honran,
De inspirados de Dios que ya no cantan,
De púdicas estolas que envilecen,
De patenas limpísimas que manchan,
De eucarísticos panes que envenenan,
¡De banderas celestes que se arrastran!
Yo la siento cruzar... Seres felices
Que carecéis de luz en la mirada,
¡Ah! yo no puedo soportar la mía
¡Bajo la fantasma horrible de mi patria!
V
¿Dónde estás, Jehová? ¿Dónde te ocultas?
¿Qué? ¿No vuelves tus ojos y la salvas?
¿Qué? ¿No giras tu rostro y la contemplas?
¿Qué? ¿No extiendes tu mano y la levantas?
Miras echar sobre su casto seno,
Que fué pulcro, Señor, como la nácar,
Antes de que su rastro en él dejase
¡La vil caricia de la gran canalla!
Miras echar sobre sus nobles hombros,—
Hombros que fueran los de Juno y Diana,—
¡Si el azote brutal del infortunio
Su pulido marfil no flagelara!
Miras echar sobre su cuerpo sacro,—
¡Tan sacro, sí, como tus hostias santas,
Porque también tus hostias se mancillan,
Porque también tus hostias se profanan!
Miras echar sobre la patria nuestra,
Digo por fin, vibrante de arrogancia,
El hediondo capote del soldado
Que ha de ser su señor, si no le matas,
¿Y el rayo de tu enojo no descuelgas?
¿Tu flamígero brazo, no descargas?
¿Tu cielo fulgurante, no oscureces?
¿Y tus mundos atónitos no paras?
VI
¿Dónde estás, Jehová? ¿Desde qué cumbre,
Circundada de monstruos y de llamas,
Desde qué abismo negro, impenetrable,
Desde qué estrella errante y solitaria
Ves su profanación y no fulminas?
¿Oyes la voz de tu poeta y callas?
La voz de tu poeta que te siente,
La voz de tu poeta que te aclama,
La voz de tu poeta que te adora,
En la noche, en el día y en el alba,
En el secreto foro de su pecho
Y en el público altar de su palabra.
¿Dónde estás, Jehová, que así me dejas
Buscarte ansioso por doquier, y callas?
¡Y callas como un ídolo sin lengua,
Como un muñeco rígido sin alma,
A quien supuso vida el fanatismo
Y atribuyó justicia la ignorancia!