Pero el cómplice verdadero, el instigador responsable de la consumación de esta obra mía, es otro más antiguo, más grave... y voy a denunciarle:

Hubo siempre en mí una angustia, una zozobra, una desazón constantes, perpetuas, que ya no me molestan, porque me he habituado a ellas—como nos acostumbramos al silbar de los oídos, o a otra dolencia parecida, como se amoldan los presidiarios a su grillete, como se adapta, se somete todo el mundo a lo irremediable.

Siento, sospecho que no hemos cumplido enteramente punto por punto el testamento histórico de nuestros antepasados de la Revolución, los héroes de la Independencia, los sabios fundadores de nuestra nacionalidad.

Más aún me parece a mí—me ha parecido siempre—que los destinos humanos, que las civilizaciones humanas, que el progreso humano, no se han conmovido de un modo apreciable, no han tomado mejores direcciones, no han recibido todos los beneficios que, tal vez, imaginó la Providencia al decretar la aparición de un continente sobre la faz de las aguas y al producir la emancipación política de tantos pueblos.

Ese amargor, esa desazón, ese silbar de los oídos, que me han venido mortificando desde mi primera ya lejana juventud, han sido los verdaderos, los reales originadores de «La sombra de la patria».

I

Sueltos van sus cabellos. En guedejas
Por su busto encorvado se derraman
Como velo de angustias o sombría
Melena de león. Adusta, pálida,
Desencajado el rostro; la vergüenza
No tiene la pupila más opaca,
Ni la faz de Jesús, al beso infame,
Se contrajo más rígida. Adelanta
Con medroso ademán... ¡Oh, la ignominia
Con paso triunfador nunca se arrastra!
¡La voraz invasión de lo pequeño
No hiere como el rayo; pero amansa!
¡Cuando el alma inmortal cae de rodillas
La materia mortal cae deshojada!
La caída más honda es la caída
Que nos pone a merced de la canalla,
De lo ruín, de lo innoble, de lo fofo
Que flota sobre el mar como resaca,
Como fétido gas en el vacío,
Cual chusma vil sobre la especie humana.

II

Yo la siento gemir, y sus gemidos
Resonante, recóndita cascada
En mi cerebro entumecido se hunden,
Y allí, en mitad de las tinieblas, cantan,
Con el santo fervor de los que piensan
Ablandar a su dios con sus plegarias,
Con el grave compás de los que lloran
Y al son de los sollozos se acompañan,
¡Con el hondo plañir de los que yacen
Más allá de la luz y la esperanza!
Yo la siento gemir, y sus gemidos,
Saetas del pesar, me despedazan,
Reproches del deber me paralizan,
¡Pregones de vergüenza, me anonadan!
Yo la siento gemir, y sus gemidos
Sobre mi frágil corazón, estallan
Como todos los vientos de la tierra
Soplando, sin cesar, sobre una rama.
Como toda la fuerza de los orbes
Gravitando, a la vez, sobre una espalda;
Como todo el dolor del universo
Que en una sola vida se agolpara;
Como toda la sombra de los siglos
En una sola mente refugiada.