II
Son tus carnes, azucenas y jazmines
Sonrojados a los besos
De la luz;
De la luz de cien incendios pavorosos,
De cien soles fulgurantes.......
¡Mas tu carne, no eres tú!
¡Tú eres sombra, sombra enorme, sombra misma,
Sombra llena de las ansias
De gozar!
¡Tus deseos se retuercen como sierpes iracundas,
Insaciables, insaciables.......!
¡Pubertades de Satán!
LA SOMBRA DE LA PATRIA
En el teatro Odeón, en 1913, al leer esta poesía el poeta explicó con estas palabras su significado social:
«La sombra de la patria», que voy a leer, después de la «Evangélica» de la tarde y antes de «Serenata», es un canto que ha palpitado en mi espíritu desde mi remota juventud como una obsesión.
Dos o tres veces—ocasionado por las circunstancias—tomó forma real, pero bosquejada apenas, hasta que surgió, hasta que definitivamente culminó el siglo pasado durante los sangrientos civismos del año 1893.
Sin embargo, no es a propósito, no es un trabajo precisamente originado, absolutamente sugerido por aquel hecho histórico; pero se revistió, se saturó de la enorme amargura, de la pesimista congoja cívica que le caracteriza, al son de aquellos días tumultuosos, y tuvo, a la fuerza, que asumir algo del movimiento, del color, de la luz, del sabor propio de los días esos: no hay obra humana—por más abstracta, por más excelsa, o por más relativa y por más contingente que ella sea—que no se tiña de las tonalidades del sitio y de la hora en que ella fué realizada: no hay hecho que no denuncie al hombre que lo produjo ni hombre que no revele de alguna manera los lodos que pisa.