19. Ese transeúnte puede decir, a plena lengua, que recorre una ciudad en la que no se respeta ninguna ley, lo mismo que en una toldería de salvajes; porque donde no hay capacidad para cumplir lo menos, no puede haberla para cumplir lo más.
20. La mujer joven o vieja, patricia u obrera, que tiene que soportar, como a un chubasco hediondo, los chicoleos pornográficos de los almizclados mirliflores que se posesionan de las aceras como de cosa absolutamente propia; o que se ve obligada, para no doblegar su pudor a través de aquellas horcas caudinas, a cambiar de calles, alargando su camino y retardando su llegada al punto de su destino: esa mujer, ha sido afectada, a vista y paciencia de todos, en su derecho al libre tránsito, en su debilidad femenina y en su majestad humana.
21. Ella está autorizada para proclamar a la faz del mundo que aquella ciudad donde tantos percances le acontecieron, es una Sierra Morena llena de peligrosas asechanzas, y que los hogares de la misma deben tener una moralidad muy discutible.
22. Porque así como los miasmas de las calles tienen sus focos en el interior de las habitaciones, las procacidades juveniles de la vía pública, son la proyección, sin soluciones de continuidad, de las procacidades del hogar.
23. No es la parte más sana de una población la que pasea más a menudo, aunque aquella parte sea la más elegante.
24. Los pueblos más callejeros, más divertidos, nunca fueron verdaderamente libres sino en ocasiones intermitentes.
25. La afición al callejeo y al café, supone un hogar caduco, ya sin fuerzas simpáticas atractivas.
26. Cualquier ciudad de los Estados Unidos de Norte América acusa el espíritu de aquel pueblo, su varonil fortaleza, su exacto concepto de la vida y la eficacia de su intervención en el progreso universal.
27. Las calles de aquellas ciudades no son lagunas productoras de fiebres palúdicas: son ríos que corren.
28. El niño, cualquier niño, es un pequeño criminal incipiente.