I
Como las aguas muertas
desparraman pestíferos vapores,
de juncos y de flores
y de brillos fantásticos cubiertas;
y como al fin la gente,
ya su prole cual muertos insepultos,—
descubre los ocultos
focos de la malaria pestilente:
¡oh, calumnia cobarde,
tu maldad, como un charco, ni se agita,
y tu lengua maldita
se arranca finalmente, pero tarde!
II
Tarde... como hay estrellas
que cerraron sus ojos soberanos
y en los ojos humanos
ya muertas en el éter, viven ellas:
tus perdurables signos
no los borra ni el mar... mucho más anchas
donde fueron tus manchas
dibujan otras manchas los malignos!
Tarde... Como en el suelo
que abona el viejo Nilo en sus crecientes,
germinan las simientes
al primer gestador beso del cielo:
las catervas esclavas
repletas del rencor de sus fatigas,
devuelven cien espigas
por cada gota puerca de tus babas.
III
Tarde... Como traidora
la lengua de Don Juan va sugerente
bruñendo la pendiente
que conduce al nefasto «cuarto de hora»;
así, rufián hediondo,
al propio corazón del que difamas
le tientas y le llamas
y le arrojas vencido a lo más hondo;
así los directrices
de carácter más neto y más hidalgo,
vienen a ser por algo
lo mismo que tú inventas y tú dices.
IV
Tarde... Los que tú lames
para siempre jamás doblan sus lomos,
egregios eccehomos
ungidos de las mirras más infames;—
porque la frase artera
que lanzas al azar y medio trunca,
ya no se borra nunca,
ni aunque Dios, si hay un Dios, lo dispusiera.