Yo la siento un mecanismo
que no piensa, que no fragua—
cual su gas, como su agua
que proceden porque sí—
un recurso, un instrumento
del propósito divino:
Un vehículo en camino
con un fin que no es su fin.
Y jamás de los jamases
me absorbieron las esferas,
ni el verdor de las praderas,
ni el desierto, ni la mar,
ni las aves, ni las flores,
ni los ríspidos insectos:
Serán bien, serán perfectos,
mas lo son sin voluntad.
¿Quién dirá que la Gioconda
modeló sus propios labios
y esos finos ojos sabios
que Leonardo eternizó?...
Así el sol, así los astros
de más fúlgida apariencia:
Luminarias sin conciencia
que dan luz y dan calor.
Nada saben, nada quieren,
nada buscan, nada inventan,
ni reforman ni violentan
ningún fin, ninguna ley.
Y a pesar de que circulan
por el éter tan audaces,
son idiotas incapaces
de pensar y resolver.
II
Pero el Hombre, pero el Genio,
más que un sol en el abismo,
por sí solo, por sí mismo
marcha mal o marcha bien:
Tiene rumbos preconceptos,
con sus planos y su equipo
y ha forjado el arquetipo
supraexcelso de su ser.
Y persigue aquel modelo
por más leyes que lo impidan,
por más fuerzas que coincidan
y le arrastren hacia atrás:
Presidiario incorregible
que la ergástula no arredra
y en el hierro y en la piedra
va y escribe ¡Libertad!
Eso canta, mi Gertrudis,
ese arcángel, ese mito
que ultramonta lo infinito
tras la sombra de su Dios:
Que reniega de sí propio,
de sí propio horrorizado,
que se siente desolado,
que se siente triunfador.
No te asombre pues, hijita
si en la noche de tus bodas
yo no cuento y nombro todas
tus bellezas de mujer:
Si a la faz de tus encantos
cual un torpe, cual un ciego,
yo renuncio, yo reniego
del color y del pincel.
Si no tengo ni una nota,
si no bordo ni una frase
que pregone de tu enlace
la suntuaria señoril,
que compare las estrellas
con los soles de tus ojos
y tus rojos labios rojos
con la fresa y el rubí.