Dol. ¿Y qué dolencia es la vuestra, hijo? que, por mi salud, segun de vuestro rostro concibo, no puede faltar sino que de regalo sea.

Selv. Mi señora, sabe que para en eso fuiste llamada; por tanto, siéntate, reposa un poco, que toda mi fatiga te será descubierta, donde, si en tí en alguna manera remedio se hallase, no sólo á un enfermo darás la vida, que es asaz buena obra, mas áun mi persona y bienes en tu poder serán puestos, quedándote aún con esto en muy grande deuda.

Dol. Pues, señor, no ceses en me lo decir, que si hiciere al caso, aunque mi poder sea poco, sólo por lo que tu persona merece, junto con la vida en tu servicio sacrificaré.

Selv. ¡Oh madre mia, y cómo me eres agradable! Cierto si por obra cumples lo que de palabra has profesado, con mi vida no te podré gratificar; por tanto, has de saber que mi vida sin ella se ve por ser del todo muerta y de sí apartada y en ajeno poderío crudamente captiva, lo que en la vista de Isabela, hija de Polibio, en un instante de tiempo se ordenó.

Dol. Al cabo estoy, señor; á buen entendedor pocas palabras.

Selv. Pues, madre, ¿qué conjeturas tienes en esto? ¿parécete grande la dolencia, ó carece de remedio?

Dol. De ser grande no pongo duda, mas sábete que para todo hay remedio sino para la muerte.

Selv. Pues ¿cómo piensas hacer esta caridad?

Dol. Yo te diré: tú tienes pujamiento de sangre, por tanto paréceme que alguna sangría será necesaria.

Selv. ¿Quieres decir, madre, que dineros lo pueden hacer todo?