Isab. Agora bien, vaya á la mala ventura, que por el necio atrevido de quien la envió, no faltaré al amor que á Selvago tengo; pues por sus razones este dia pasado claramente conocí no vivir engañada.
Cec. ¡Ce, señora, qué digo yo! ¿No ves la carta que traia la falsaria á par de la puerta?
Isab. Por tu fe, Cecilia, que la hagas pedazos, que me parece ofender á Selvago lo contrario haciendo.
Cec. Por mi salud, señora, que tal no sea, sino que hemos de saber en qué mundo vivimos, y reir un poco con sus necedades, pues se puede hacer tan á nuestro salvo.
Isab. Haz tú lo que por bien tuvieres, mas yo lavo en ello mis manos; mas mira á todo esto no sea recepta de purga, como dixo la vieja, y te quedes soplando las manos, tu gozo en el pozo, con la miel en los labios.
Cec. Anda, señora, que no es noramaza, que toda la sangre de alteracion se me habia ido á la servilla: mas oye si te parece, pues á tí viene dirigida, y si algun paso lamentable en ella vieres, mira que con lágrimas y sospiros le solenices, porque así conviene, y es precepto en la ley de bien amar.
Isab. Anda en mal hora, ó la rompe, ó acaba ya.
Cec. Agora oye:
Carta.
«Si fuerza en la mia hubiese para la que de tu parte me viene, seráfica dea, en alguna manera relatar, no sólo mi rabiosa fatiga en ello recibiria contento, mas á tu grande piedad y benivolencia, acerca de ella, mostrarie en alguna manera su sér; mas ¡ay de mí! que ni la pena que por tí padezco consiente, por ser tal, en papel ser esculpida, ni ya que lo fuese de tí, ni de ninguno de los mortales por lo mesmo le serie dado crédito, porque todas quantas veces el radiante Febo, su lucida corona del Oriente en nuestra Europa nos demuestra, en fénix convertido, en fuegos por mí mismo fabricados, soy deshecho, tornando en el instante á renacer; porque la pena siendo perdurable, infinito sea su tormento. No dexo de recebir, mi dea, algun pequeño consuelo por tan á la clara haberte mi propósito declarado, aunque por otra parte considerando la cruda respuesta, por ser ninguna, que por tí me fué dada, en más y mayor descontento es convertido; de donde una tal desesperacion á mis sentidos se demuestra, que la vida tienen por pena, y la muerte les sería muy agradable vida, la que, último y postrer medio de descanso en mi trabajosa cuita deseo que fuese, y sin duda será, si tú, mi preclara dea, no truxeres el saludable letuario de tu soberana gracia al en tí convertido Selvago, y por tí crudamente de la vida excluido.»