Cec. ¡Oh gran Dios! ¿y qué es esto? detente, detente, señor, no hagas tanto mal, mira que perderás á tí y á tu señora.
Selv. ¡Oh traidor de mí, que ya la tengo perdida! por lo qual me conviene un punto más no vivir.
Cec. Señor, sólo te pido miéntras rocío su rostro con agua de aquel estanque, tengas paciencia, que tú verás cómo siendo en sí tornada, hago con ella que te perdone.
Selv. Pues, buena doncella, sea con brevedad, porque mayor no la tenga mi vida.
Isab. ¡Ay, ay!
Cec. Señora, señora mia, vuelve en tí; acorre al tu Selvago si le quieres ver vivo, que por tu causa se quiere él mesmo en tu nombre sacrificar.
Isab. ¡Qué oigo, triste yo!
Cec. Desplega tus ojos y verás que sólo aguarda una palabra de tí contra él para pagarte la ofensa que contra tí cometió, y si deseas que viva, vé, desvíale de su propósito.
Isab. ¡Oh señor! y ¿qué desvarío tan grande es el vuestro?
Selv. Mi señora, no otro sino que si vuestra misericordia me falta, faltarme ha la vida.