Cec. ¡Qué justicia de Dios! que estén sus mercedes en tales comedias haciendo pausa tras cada acto, y la pobre Cecilia que la papen duelos, estando acá á diente, teniendo á su Carduel tan cerca, no será sino la primera vez que acá vuelva á hacer de modo que entrando no tenga yo envidia de sus abrazos ni besos, y ahora me sufro, porque á más andar se viene á nosotros el aurora; por lo qual será bien los despartir, no los tome allí el dia. Mis señores, aunque os sea trabajoso, por el presente os conviene apartar por ser ya cerca la mañana.

Selv. Mi señora, no menor pena siento con las palabras desta doncella que con vuestra presencia alegría; mas, pues de fuerza se ha de cumplir, dexando con vos el ánima, el cuerpo á muy tenebrosa cárcel va sentenciado.

Isab. Mi verdadero amigo, no con ménos pena que lleveis quedo; mas con la esperanza de tan presto enteramente gozar de vos quiero en alguna manera me conhortar.

Selv. Ella sola será bastante á me sustentar la vida; y pues así conviene, el ángel bueno quede, mi señora, en vuestra compañía.

Isab. Él guie, mi señor, tus pisadas. Cecilia, anda paso, entrémonos en nuestro aposento, no seamos sentidas.

Cec. Ya estamos acá, señora.

Isab. Pues tornea esa puerta y véte á acostar, dormirémos lo que de la noche queda.

Selv. Echa, Carduel, esa escala.

Card. Puesta está, señor, mira cómo bajas, que hace oscuro.

Selv. ¡Oh mi señor Flerinardo! y qué de cosas os tengo que contar en siendo en la posada, con que de cierto seréis muy alegre, por tanto vamos allá si os parece.