Fler. Primero deseo que hiciésemos lo que en la venida ordenamos de Escalion, porque he visto en él, despues que aquí venimos, cosa con que tengo dubda en su esfuerzo, y querria ser en ello certificado.
Selv. Pues, Risdeño, vé donde están Rubino y Sagredo, y decirles has de mi parte que vayan secretamente por aquella otra calle á dar do está Escalion, y que sin llegarse cerca hagan muestra de acometer, desnudas sus espadas; y que hecho, sin se detener, se tornen á sus estancias sin decir lo que hicieron disimuladamente.
Risd. Señor, ya van determinados á cumplir tu mandado.
Esc. ¡Oh pésete y no á tal, y aquellos á matarnos vienen! alivia, Escalion, tus piés y al soto, que no mientes en ello, ¡ay, ay, desventurado yo, que me matan!
Velm. Cómo, Escalion, ¿así me dexas?
Esc. ¡Santo Dios, que me matan! ¡confesion!
Selv. ¿No veis, señor Flerinardo, qué verdadero salió mi pensamiento? y qué gritar trae el cobarde.
Fler. ¿Qué es esto, Escalion, que has, que así vienes dando voces?
Esc. ¡Ay señor! cien hombres de punta en blanco armados nos salieron á matar, y de los primeros golpes derribaron á Velmonte, mas entre tanto rebané dos ó tres docenas dellos, en que quebré el espada; por lo qual, viendo los contrarios ser tantos, arrojándoles lo que del espada me quedaba, acogíme á los piés, y lo mesmo os aconsejo que hagais, que más vale decir aquí huyeron que aquí fueron muertos.
Fler. No hayas miedo, vuelve con nosotros.