Esc. Posible, por vida del turco, andad comigo; vellos heys que no bullen pié ni mano con dos heridas terribles, que Héctor ni áun su hijo Astianax, el que Ulíxes despeñó de una torre, no las hicieran.

Risd. Dalo al demonio, vámonos á la posada, no nos echen á todos la culpa.

Esc. ¿Qué echar culpa? ¿no estoy yo aquí? que sabida la verdad, el mismo Corregidor dirá que vayan con los muchos, porque tomar de mí la enmienda sería echar á perder el reino todo.

Velm. Vámonos, por vuestra vida, Escalion, que todavía es bueno ponernos en salvo.

Esc. Sea así, pues lo quereis.

Risd. Decidme, Escalion, por vuestra fe, ¿cómo nos dexastes denántes quando el alguacil?

Esc. Ya no más; sabed que yo, con la música, estaba un poco dormido, y despertando á deshora, semejóseme que treinta hombres nos iban á matar, y porque no me hallasen de sobresalto, desviéme para echar mano y ponerme como convenia, y así ansí, acordándome de Velmonte, fuíle á llamar porque todavía hiciera su parte.

Risd. Agora bien está, aquí nos podemos despartir y cada uno á su posada se vaya á dormir lo que de la noche queda; en lo de los muertos nadie hable palabra, que no sabiéndose el matador todavía no tenemos peligro, lo que si se sabe es al contrario.

Velm. Sea pues; señores, por este suceso se pierde la colacion, mas otro dia se vendrá, señor Carduel, yo serviré las mercedes.

Card. Servicio y pequeño. Señor, Dios os guie.