Risd. Anda, calla, era nada, el alguacil y dos porquerones que van rondando, fuéronse en conociéndome.

Esc. ¡Oh pesar de la leche que mamé, y tal me decis! Dexadme, que yo haré á nada, que no me ponga otra vez á mí en alboroto.

Velm. Dexalde al cobarde, que no hayais miedo que mate moro.

Risd. Pues que si le vieras ir voceando, que parecia que ciento iban tras él.

Esc. Quiero volverme y decir que no los hallé; mas ¿qué rodelas y espadas son éstas? sin duda algunos huyendo de la justicia, como acontece, las arrojaron en este portal para volver por ellas; de molde me vienen, que diré que dexo á sus dueños mal heridos. ¡Oh, descreo de la hórrida barba de Caron, y cómo por tener piés los demas se escaparon, que ellos conoscieran quién es Escalion!

Velm. ¿Qué es esto, Escalion? ¿qué rodelas y espadas son ésas?

Esc. ¿Qué ha de ser, pese al mundo? mis cosas que no pueden dexar de ser.

Risd. Cuéntanos, Escalion, por tu fe, lo que ha pasado.

Esc. Habeis de saber que, como fuese tras el alguacil como vistes allá abaxo, salieron docena y media de hombres á mí, y como yo iba enojado, por la ganzúa y tinacetas del buen ladron, no hice dellos más caso que si uno ó dos fueran; pues doy tras ellos tan denodadamente, que al primero maté y el segundo no habló más; los otros, por presto que quise ir á ellos, con miedo de mis regurosos golpes, tomaron las de villadiego, que fué parte para les dar la vida; yo por guardar mi costumbre, que es gozar del despojo de los vencidos, les tomé las armas que veis.

Risd. ¿Es posible eso, Escalion?